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Una página web llamada Twitter ofrece a sus lectores un acopio siempre refrescado de insultos de todas partes, y no está sola. La actividad va camino de convertirse en un género por derecho propio, y virtuosos reconocidos. Ya es una convención establecida que la etiqueta de los comentarios en la red es que no hay etiqueta alguna.
Tampoco hay muchas consecuencias. Los insultos digitales son un poco como los que se cruzan de auto a auto: si los vehículos se estacionaran a un lado de la pista habría una pelea física, pero eso muy rara vez sucede. Insultar sin arriesgar es una placentera catarsis, que a menudo está envuelta en el anonimato.
El insulto en los medios tradicionales tiene un límite, dado por la necesidad del insultador de mantener el decoro de su propia imagen y algunas disposiciones del código penal. Además quienes controlan esos medios funcionan como árbitros, y suelen mantener algo llamable un tono promedio al que los polemistas suelen someterse.
En los blogs, que es donde el insultismo mejor florece, el arbitraje tiene un umbral mucho más bajo. Además el desenfado radical atrae clics y libera grandes reservorios de furia reprimida que finalmente han encontrado el medio de expresarse. No son maneras de ser vulgar (hay cyber-insultos ingeniosos y sofisticados), sino gritos del corazón.
Por eso el fenómeno es tan variado como el alma humana. Hay desde el insulto burlón contra lo que se desdeña hasta el que refleja un odio organizado, pasando por todo aquello que puede parir la guerra psicológica. Todo eso junto ha venido creando un clima. En algunos recodos la blogósfera tiene mucho de callejón oscuro.
Pero no nos engañemos: el insulto es lo moderno. Por eso en los medios tradicionales la práctica atrae a cada vez más periodistas y animadores (animadoras). Como en esos medios los límites son más estrechos y claros, el deslenguado, el lisuriento, el desbordado duplican sin esfuerzo su impacto, y la imagen de no casarse con nadie.
Sin embargo esta práctica, que solo parece X-trema, tiene un obvio antídoto: el impacto de un insulto es inversamente proporcional al número de insultos que aparecen en un texto y al número de insultos que circula por el mercado. Por esa vía terminará ardiendo más un elogio de mala leche que un candoroso insulto sin afeites.
La polémica sobre si los blogs son un "nuevo periodismo ciudadano" o un caldo de cultivo de la opinión con poco fundamento y menos responsabilidad, continúa con fuerza. Pero hay coincidencia en que decir lo que se siente sin censura, o con poca censura, es uno de los aportes de esta nueva forma de expresarse. Amigos blogueros, espero, como siempre, sus insultos. |