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Ortega, una mirada sobre la actualidad

Mirko Lauer.

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ENTREVISTA. Julio Ortega (Chimbote, 1942), poeta, narrador, crítico literario y catedrático de la universidad de Brown, Rhode Island, visita el país en Fiestas Patrias invitado por la Feria Internacional del Libro.]

MIRKO LAUER: Julio, un discurso local sostiene que la visión de fuera sobre el Perú ha cambiado en los últimos años, para bien, y que el interés por el país es creciente. ¿Lo has advertido?

JULIO ORTEGA: Veo que mis colegas andinistas llevan últimamente una sonrisa peruana, algo asombrada. Me tocó hace un par de años organizar un coloquio sobre los países andinos, y estuvieron Ricardo Luna, Carlos Iván Degregori y Martín Tanaka. Debo decir que la confianza en los trabajos peruanos empezó ya con Alejandro Toledo y con Pedro Pablo Kuczynski. La economía y las relaciones internacionales son hoy bases persuasivas. Creo que el juicio a Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos será decisivo para restituir la legalidad jurídica. Nos falta reconstruir el espacio de la izquierda, cuyo vacío puede ser ocupado por el autoritarismo.

ML: En lo literario, ¿hay un balance que hacer sobre las letras peruanas en el espacio internacional?

JO: La literatura de la violencia (y no sólo la política, también la violencia intrínseca de la vida cotidiana) despierta una fascinación viva. El teatro de Yuyachkani, el cine de Josué Méndez y otros, la narrativa de Miguel Gutiérrez, Fernando Ampuero, Alonso Cueto, Santiago Roncagliolo, Daniel Alarcón, y ya desde José María Arguedas y Mario Vargas Llosa, ofrecen en Estados Unidos y en todas partes versiones complejas, inquietantes, y distintas. Están no sólo en cursos de literatura, también en seminarios de Derechos Humanos, talleres de performance y de arte, y en el imaginario sobre el lugar del Otro en el yo, esa definición actual de la ética. Es una experiencia peruana universal, que hace necesarias obras como la poderosa novela sobre las Torres Gemelas, Bombardero, de César Gutiérrez o las de un escritor sutil como Alarcón, que escribe un inglés peruano.

ML: Siempre has tenido una visión heterodoxa, y dentro de ello profética, de la literatura latinoamericana. ¿Dónde está ella ahora? ¿Y hacia dónde va?

JO: La próxima literatura latinoamericana será plurilingüe (incluso quechua-andaluza y anglo-andina) y la escriben ya los hijos de los migrantes, peruanos, ecuatorianos, mexicanos, en España, Estados Unidos, Inglaterra, desde dentro de la gran migración que, a pesar de todo, excede las fronteras, rehace mapas y documenta su peregrinaje. Por otro lado, quizá ya no sea suficiente hablar de una literatura latinoamericana, porque hay muchas, y habrá más. Como ocurre en inglés, hay una producción literaria, buena y mala, en la lógica del mercado. Pero hay varias otras en circuitos menos evidentes, a veces más radicales, y estos mapas de la lectura, que en los medios más pequeños disputan protagonismo, en los más abiertos conviven con sus propios públicos, temas y dilemas. Irónicamente, en la globalidad la producción cultural tiene menos circulación. Pero, por otro lado, el Internet multiplica otra lógica productiva.

ML: Solías colaborar en medios peruanos con cierta frecuencia. Desde hace unos años no lo haces más. ¿Qué pasó? ¿Dónde publicas ahora?

JO: Colaboro todavía con el Dominical de El Comercio y escribo en El País de Madrid, pero muy relajadamente. Primero porque dada la reducción de espacios culturales es bueno cederlos, y luego porque hay otras formas de intervención que me interesan más que la opinión, como son el foro (hago uno todos los años en la Feria del Libro de Guadalajara dedicado a novísimos narradores) y el coloquio. Son agencias de debate, casi una forma del taller, que hacemos desde el Proyecto Trasatlántico, una red que hemos creado para mejorar la conversación entre las orillas. En el último tuvimos un día dedicado a la independencia americana, que es un tema que deberíamos actualizar, y otro día dedicado a Mario Bellatín, que es otro practicante de la idea del taller.

MARIO MONTALBETTI: ¿Frecuentas la blogósfera? ¿Qué encuentras allí?

JO: Lo bueno: reconstruyes tu propia biblioteca, un sistema de lecturas y referencias. Lo malo: fomenta el abuso de la primera persona, ese provincianismo bioblogo-esférico. Lo feo: promueve la violencia verbal. Por lo demás, da forma a la cultura actual: su sobreproducción es residual, porque es instantánea y fugaz. Es la regla dominante: cualquier saturación se hace no legible, desecho. Pero la tecnología digital no tiene significado inherente, depende de lo que se hace con ella, casi como todo lo demás.

ML: ¿Qué te trae a Lima?

JO: Vengo, primero, a presentar en la Feria del Libro la nueva novela de Diamela Eltit, Jamás el fuego nunca, un extraordinario relato sobre la última pareja revolucionaria en una ciudad convertida en mercado. Han vivido toda su vida en células clandestinas, perseguidos y varias veces derrotados, y en el recuento fantasmático uno cree asistir a la exequias de una idea de América Latina. El título es una cita de César Vallejo, la pareja habita en el universo de Juan Rulfo, y la lógica precisa y absurda de los hechos es una alegoría becketiana. Es también una lección de anatomía política y un irónico alegato por la verdad de las causas perdidas.

ML: ¿Otras actividades?

JO: También presentaré la nueva edición, revisada y espero que definitiva, de Adiós Ayacucho, que publicó Mosca Azul Editores en 1986. Escribí ese relato en 1984, en Austin, Texas, bajo la impresión conmovedora de una fotografía: el cuerpo torturado y carbonizado del dirigente campesino Jesús Oropeza, que apareció en la revista Qué hacer. Luis Peirano, en una reunión en New York University en la que hablé sobre esa foto a propósito de la representación de la violencia, me contó que él era parte de la revista y recordaba la discusión sobre si se debía o no publicar esa foto, dada la extraordinaria deshumanización de un cuerpo quemado y roto. El Informe de la Comisión de la Verdad estableció que Oropeza había hecho estudios en la Universidad San Luis Gonzaga de Ica, era presidente de la comunidad campesina de Utecc, en Lucanas, ejercía el cargo de secretario de comunidades campesinas de la Confederación Nacional Agraria, y militaba en el Partido Socialista Revolucionario. Cuando desapareció en manos de la Guardia Civil tenía 33 años y estaba defendiendo a los comuneros de Viseca, la hacienda donde Arguedas pasó la infancia. Esa lógica perversa de la desaparición me parece que ilustra las restas peruanas, desde la pérdida de las tierras comunales hasta la matanza desencadenada por Sendero y la represión. Llevada al teatro por el grupo Yuyachkani, Adiós Ayacucho ha recorrido el mundo y, traducida al quechua, ha sido presentada en los pueblos andinos asolados por la violencia. Si alguna vez fue un texto literario hoy tal vez sea un documento peregrino.

 
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