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Por Rocío Silva Santisteban
 Top Model. Claudia Schiffer envuelta en los colores de la bandera alemana. |
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No hay duda de que el fotógrafo no tenía un ojo estético muy agudo: no por el envidiable cuerpo y curvas de Lacey Zamudio Juárez, el verdadero nombre de Leysi Suárez, sino por la idea de la toma: la escenografía posterior es demasiado recargada. Una escenografía así distrae el objetivo principal de la foto. Todo lo demás, caballo y bandera incluidos, están perfectamente en su lugar. El problema no es del objeto recreado, sino de los ojos que lo miran: y por eso mismo ahora se quiere enviar a la abanderada cuatro años a prisión. La propuesta es ridícula y vergonzosa.
Es ridícula porque deviniendo de un patriotismo decimonónico se piensa que la bandera, el escudo y el himno nacional son objetos que en sí condensan lo más esencial e inefable de la nación de tal manera que se vuelven sagrados, ¡obligatoriamente sagrados! Cuando en realidad apenas son íconos que representan algo: lo que hay detrás de ellos sería lo que verdaderamente nos debe importar más. Pero de manera calculadamente mediática importan los símbolos patrios porque son significantes vaciados de su sentido más complejo, en tanto que precisamente el Perú es una formación social complejísima que, en su heterogeneidad, no logra proponer una metáfora nacional (quizás el último de aquellos intentos sea la metáfora de "lo cholo").
Por otro lado, las chicas guapas envueltas en símbolos patrios son, en Estados Unidos por lo pronto, parte de la estética nacional. Los bikinis hechos de banderas son no sólo usuales, sino incluso exportables. Recuérdese a Madonna en la publicidad de su American Pie con un mini-jean a rayas azules y rojas. O si no a la mismísima top model Claudia Schiffer envuelta en una bandera alemana con un lema que dice "invest in Germany, boys". ¿Por qué entonces los funcionarios públicos, incluidos ministros y congresistas, reaccionan de esta manera ante una situación tal si en casi todo lo demás –discursos optimistas de apertura de mercados, por ejemplo– imitan a sus pares del Norte?
Y es vergonzoso porque, en realidad, pareciera que en el Perú no hay más problemas que aquellos ocasionados por los personajes mediáticos más diversos: el click de Tula, las juergas de los aliancistas, las posaderas de Leysi. Son todos estos personajes quienes, sin querer queriendo, organizan una serie de simulacros en los cuales aflora una novedad, un movimiento, un giro de lo social, para que en realidad todo vuelva a quedar en su sitio. Los verdaderos acontecimientos suceden en Moquegua, en Chincha, en Ayacucho o en Andahuaylas, no en los programas de Magaly ni en las carátulas de espectáculos. Los verdaderos acontecimientos no están siendo siquiera vistos por los congresistas, ni por los ministros, ni por los periodistas.
A diferencia del acontecimiento, concepto acuñado por Alain Badiou para referirse al surgimiento de un suplemento en un sistema generado por sus propios vacíos (aunque sin ser un vacío sino algo no simbolizable) y que de alguna manera logra con-moverlo por completo, el simulacro es una especie de "falso acontecimiento" que, según Juan Carlos Ubilluz, "tiene todas las propiedades formales del acontecimiento, pero se distingue de él en tanto que cubre el vacío de la situación". El simulacro más bien permite que explote una pequeña burbuja para que, dentro del sistema, todo se mantenga en tensión pero se sigan jugando a las mismas reglas. Ojo con estos simulacros que nos hacen perder el tiempo para no ver los acontecimientos.
Para mí, en realidad, perder el tiempo en escribir una columna sobre Leysi es mi propio simulacro autogenerado del cual, cinco segundos antes de poner el punto final, ya me estoy arrepintiendo terriblemente. |