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Eduardo Adrianzén
¡Qué alivio!, se acabaron las cumbres por un tiempo, aunque todavía falta la más gorda. Pero fue divertido tener dos al mismo tiempo, pues pocas veces se ha ilustrado tan claramente lo que somos. Y mejor: lo que no queremos ser.
Tuvimos la cumbre del Perú formal: el Estado (jamás Nación) queriendo vender la idea de crecimiento, estabilidad y toda la retórica que suena a winner gringo-bamba y globalización felipilla. "¡Somos un país serio!", rezaba el cartelito que todos llevaban encima de sus ternos. Tanto presidente junto para concluir que se debe proteger el medio ambiente, sonó tan obvio como que en caso de incendio hay que usar el extinguidor. Pero no seamos mezquinos: el evento de relaciones públicas de lujo –porque solo eso fue– salió bien, y dizque pronto veremos los beneficios, si es que existen para otros que no sean los de siempre. Lo bueno: que Chávez dijo menos sandeces de las habituales. ¿Se habrá dado cuenta de que el mundo espera que haga payasadas, y para dar la contra ahora se calla?
También tuvimos la cumbre –¿o feria?– de los pueblos, donde se podía bailar, vender artesanía, maca y chicharrones sin RUC, chillar a gusto contra la otra cumbre y de paso ver a Hugo Blanco, algo equivalente al brontosaurio de Jurassic Park. Igualito que en la primera, se dijo lo evidente: que a las transnacionales les importa un soberano pito depredar o asesinar con tal de ganar más plata. Brillante conclusión, y dio lástima que tanta gente respetable –que por cierto la hubo– haya compartido espacio con los "cobrizos" de Antauro, los ovnis de Alfa y Omega y los filoterrucos amigos de las FARC. Pésimo marketing para atraer a otro público que no sean ellos mismos, y peor si anuncian a Maradona como la vedette que nunca llegó.
Y al medio: los millones que no nos identificamos con ninguna de las dos y estamos hartos de las calles destrozadas. No seremos cumbre, ¡pero hace meses que vivimos en la cúspide de nuestra paciencia! |