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JAQUE PERPETUO. No es país para viejos

Por Javier  Ágreda

Antes de dar el salto hacia el futuro posapocalíptico en La carretera (2007), el escritor norteamericano Cormac McCarthy publicó la novela No es país para viejos (2005), un relato policial ambientado en la frontera entre México y Estados Unidos. Es la historia de Llewelyn Moss, un veterano de la guerra de Vietnam que encuentra, en el escenario de una sangrienta matanza en pleno desierto, un maletín con varios millones de dólares y decide quedárselos. Pronto estarán tras él y ese dinero un misterioso sicario, Anton Chigurth, y el veterano sheriff Tom Bell, además de narcotraficantes y otros delincuentes, en una violenta y salvaje persecución.

Como en casi toda la obra de McCarthy, el tema aquí es el límite entre el bien y el mal, y la tendencia natural del hombre hacia este último. El mal puro está representado por Chigurth (Javier Bardem obtuvo un Oscar por personificarlo en la reciente película de los Coen), un asesino implacable que advierte a Moss que lo matará tarde o temprano, aunque devuelva el dinero. En el otro extremo está Bell, quien no puede entender esa ola de violencia y opta por jubilarse. En medio de ellos, Moss es un hombre normal, duro pero correcto, a quien el interés por el dinero y la lucha por sobrevivir van envileciendo.

A pesar de las acciones violentas y de ritmo acelerado, se puede notar en el relato una sólida estructura que permite desarrollar los temas con orden y simetría. También están presentes las descripciones barrocas, que contrastan con los diálogos breves y precisos (en los que no se usan guiones o comillas), dos de las marcas que caracterizan a esta narrativa. Pero casi tan importantes como la trama son los monólogos de Bell, que ocupan un par de páginas al inicio de cada uno de los trece capítulos. El sheriff reflexiona en ellos sobre la actual decadencia moral de la sociedad norteamericana.

Al discurso de Bell, centrado en el elogio de la ley y orden del pasado, se oponen los escasos pero significativos monólogos de Chigurth, en los que plantea a sus víctimas la oportunidad de salvarse con un "cara o sello", estableciendo así una especie de ética de la violencia y el azar. Además, estos discursos están relacionados con los de otras obras del autor, especialmente Meridiano de sangre (1985), que muestra que el pasado de esta región fue mucho más violento de lo que recuerda Bell. En suma, No es país para viejos es una muy buena novela que confirma la calidad e importancia de la narrativa de Cormac McCarthy.

 
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