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Por Mirko Lauer.
Que en política no basta con poner el huevo sino que además hay que saber cacarearlo es una vieja teoría con cierto grado de verdad. En la medida de que siempre existe una oposición a la caza de defectos, los gobiernos tienen que dar a conocer los logros de su gestión. De otro modo serán devorados por una visión 100% negativa de las cosas.
Pero este toma y daca tan sensato suele encontrar varios problemas. En una sociedad tan desigual como esta no todos coinciden en que es eso llamado un logro del gobierno. Por ejemplo, comunicar en las zonas de pobreza extrema lo bien que le está yendo a la riqueza extrema puede ser contraproducente.
Luego está que el gasto estatal en publicidad es un flanco fácil de atacar desde la oposición. Sobre todo en un gobierno que le ha impuesto formas de austeridad a su personal. Como no hay reparto perfecto de avisos, siempre quedará por el camino el medio dispuesto a criticar las campañas del gobierno.
Además entre los políticos salir a exhibir o elogiar sus propias obras genera graves celos, y en esa medida problemas. Palabras como figuretti, peliculina, sobreexposición o exhibicionismo son frecuentes en el espacio público, y su mensaje silencioso es que existe una justa medida en lo de presentarse ante el público.
Así, cacarear el huevo puede ser una ayuda para gobernar, pero no una panacea universal. Sobre todo si un gobierno no tiene logros suficientes como para contrarrestar el descontento. Por ejemplo, los programas sociales son meritorios y representan avances, pero frente a la difundida pobreza son poco más que pedidos de paciencia.
Puesta a tener que elegir entre las buenas obras del gobierno y el descontento personal, pues a eso equivalen las campañas publicitarias de ese tipo, la gente siempre se quedará con lo segundo. El descontento está anclado en la propia experiencia, en los propios deseos y en los propios prejuicios. No hay agencia publicitaria que pueda contra eso.
En otras palabras, la población puede estar muy bien informada sobre lo que está avanzando el gobierno, y eso parecerle insuficiente, e incluso mal. Salvo que no estemos hablando de información sino de manipulación, como el fujimontesinismo que no tan sutilmente pintaba los postes de la ciudad del color de su grupo político.
Luego está la idea de que las buenas obras no precisan publicitarse: se venden solas. Nadie más dedicado al alábate coles y a la cacería de espacio en los medios que nuestros parlamentarios, y allí los tienen, con la aprobación por los suelos. Por eso también sorprende que un parlamentario nos esté contando que en la comunicación está la solución.
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