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Mirko Lauer
Ayer en nuestra página editorial Alberto Adrianzén lamenta la ola de macarthismo en algunos medios. Tiene razón, y sus ejemplos son ilustrativos. Sin embargo es generoso cuando utiliza una expresión de cacería ideológica (intensa obsesión anticomunista) para referirse al fenómeno. El asunto, nos parece, es más criollo que eso.
No solo porque hay aquí en estos decenios muy pocas personas cabalmente definibles como comunistas o socialistas, sino además porque la preocupación de los llamados macarthistas desde el comienzo de este gobierno ha tenido que ver con dos cosas sencillas: defender la corrupción de los años 90 y competir por chambas del Estado desde el 2006.
De un lado está la tirria contra el tipo de progresismo (no solo y no necesariamente de izquierda) que fue instrumental para derrocar al fujimontesinismo y luego colaboró con el gobierno de Valentín Paniagua, e introdujo el enorme precedente de poner en prisión a corruptos con poder, militares o civiles.
Sobre esto cabe añadir que el tono de persecución y reproche que detecta Adrianzén también corresponde a un intento de contrarrestar el descrédito de quienes colaboraron con el fujimontesinismo en su fase dictatorial y en sus aspectos administrativos. La idea siempre ha sido combatir la acusación con la acusación.
De otro lado está el rechazo a la competencia profesional de los cuadros "progres", que son muchos y tienen el mismo conocimiento del Estado que los cuadros "neoliberales", en el diseño de políticas públicas, y muchos bastante más en el diseño de políticas sociales. No es su postura tanto como sus conocimientos.
Que estas tácticas sean manejadas con un retintín de inquina personal, del tipo por qué comes en ese restaurante o por qué manejas determinado automóvil, no parece ser consustancial a los objetivos buscados, sino más bien opciones particulares, que en unos casos dan la impresión de una suerte de desesperada lucha por espacio en la página social y en otros una nostalgia de los sótanos del SIE.
Como el país tiene una seria escasez de tecnócratas, y como la inmensa mayoría de los cuadros más conservadores están en la empresa privada, la mayoría de los gobiernos, militares o civiles, ha tendido a ignorar cuál es el color del gato, y subido a bordo cuadros de centro-izquierda dispuestos a colaborar.
Hasta el fujimontesinismo trabajó así, con cuadros llegados del SODE, Patria Roja, el velasquismo, el social-cristianismo en toda su gama, y el Apra, cómo no. Si se mira con detenimiento, este gobierno no es la excepción. No es el Apra la que practica el llamado macarthismo, sino oficiosos cancerberos externos de las puertas de ingreso al Estado. |