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Los EEUU: entre capitalismo y religión
Por Federico de Cárdenas
El cuarto largo de Paul Thomas Anderson (California, 1970), luego de las valiosas Boogie nights, Magnolia y Embriagado de amor, es también el de su merecida consagración. Basado en las 100 primeras páginas de Petróleo, novela del olvidado escritor socialista Upton Sinclair (1878-1968) adaptada por el propio Anderson, nos remite a un periodo muy poco tratado por el cine USA (a no ser, precisamente, El ciudadano Kane): aquel que va desde el fin de la conquista del Oeste y la unión física del país hasta la era de la Prohibición y del Crack de 1929.
Los primeros 15 minutos, carentes de diálogo, ritmados por el crescendo disonante de la estupenda música de Jonny Greenwood y en los cuales un hombre excava en la tierra acompañado por un bebé en su cochecito –uno de los mejores inicios de una cinta norteamericana en años– nos presentan al protagonista en su potencia física y a la vez nos dan idea de ambición de la propuesta, que recuerda esa épica íntima propia de ciertas películas de King Vidor. No sabemos aún que se llama Daniel Plainview (notable Daniel Day-Lewis) pero esos largos planos con pausados movimientos de cámara en un paisaje westerniano (pero que solo cuenta para ser destruido) nos transmiten a la vez una idea de vigor y soledad. Daniel es un prospector petrolero, un capitalista en ciernes dispuesto a cualquier cosa por hacerse rico. Poco después lo veremos hacer el negocio de su vida comprando por casi nada el derecho a explotar unas tierras ubicadas sobre un mar de petróleo y ganándose de paso el odio eterno de Eli Sunday (Paul Dano), cuyo fanatismo religioso es similar a la habilidad diabólica de Daniel para hablar en el lenguaje que quiere oír aquel con quien trata de negocios.
La rivalidad entre Daniel y Eli Sunday es la sólida columna sobre la que reposa la puesta en escena, con dos impresionantes secuencias de humillación que equivalen una a otra: el forzado bautismo de Daniel como miembro de la comunidad y la abjuración de Eli hacia el final, ambas tratadas en un difícil registro de farsa que facilita la caída de máscaras. En torno a ellos, instituciones sociales básicas (trabajo, religión, legalidad, familia) irán siendo burladas y vaciadas de sentido en la paulatina conquista del capital en un medio de competencia salvaje (la pugna con la Standard Oil) que no admite mujeres y en el que el nuevo tycoon dejará en el camino a todo aquel que lo decepciona: su hijo adoptivo, su supuesto hermano, todo al precio de una soledad sin atenuantes. La cinta está llena de momentos espléndidos (el incendio del pozo petrolero, el abandono del adolescente H.H., inservible por haber quedado sordo) que aquí solo podemos mencionar, lo mismo que el formidable trabajo de Jack Fisk (habitual cómplice de Malick) para convertir el desierto de California en paisaje industrial. Tampoco nos extenderemos sobre las ricas posibilidades de lectura de esa América y la actual (también en manos del petróleo y la religión), no ausentes de la propuesta, que ha optado –como Welles con Kane– por trazar la biografía imaginaria de un personaje desmesurado pero posible. Que terminemos este texto evocando ese ejemplo máximo da idea de la formidable apuesta ganada por Paul Thomas Anderson.
T´ítulo original: There will be blood
Dirección y guion: Paul Thomas Anderson
Fotografía: Robert Elswitt
Música: Jonny Greenwood, Arvo Part, Johannes Brahms
Intérpretes: Daniel Day-Lewis, Paul Dano, Dillon Freasier, Ciaran Hinds
Premios: Oscar a mejor actor y fotografía
Producción: EEUU, 2007
Duración: 158 minutos
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Las partidas de Sergio Corrieri (70, en la foto) protagonista del clásico de Tomás Gutiérrez Alea Memorias del subdesarrollo y otras 12 cintas, y de Octavio Cortázar (72) enlutan al cine cubano y de A. Latina. Aunque dirigió ficción de buena ley con El brigadista y El guardafronteras, la verdadera pasión de Octavio Cortázar fue el documental, al que dedicó sus 40 años de carrera. Suya es esa maravilla titulada Por primera vez, en la que campesinos asombrados descubren el cine a través de un corto de Chaplin. Había terminado El onceno maestro (2008), estrenado en el festival de La Habana.
CARTELERA
El estreno es Lejos de ella (Sarah Polley) por la que Julie Christie fue nominada al Oscar. Hemos escrito sobre Petróleo sangriento, que junto a Sin lugar para los débiles (Cohen) y Sweeney Todd (Tim Burton) son lo mejor en cartelera, aunque Juego de poder (Mike Nichols) tiene interés y también La novia errante (Katz) para los que no la vieron.
El sino fatal de las cintas de Sean Penn se repite. Nunca se estrenaron The indian runner (1991) ni Crossing Guard (1995); vimos la apasionante Código de honor (The pledge, 2001) por casualidad y ahora Hacia rutas salvajes (In to the wild) sobre la cual existen las mejores noticias (pero que, lástima, no ganó ninguno de los Oscar a que competía) no vendrá.
El ocaso del porno en salas es irreversible. En España existían 89 salas "X" en 1987, el "decenio dorado" del porno y hoy quedan apenas siete. Eso no significa que el género agonice, al contrario: se han rodado 13,600 largos "X" en el 2007. Pero ocurre que el espacio en que se ven es el privado. El porno ha pasado a la pantalla de TV. |