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Un museo que tarda demasiado en construirse deja más de una lección insoslayable: los municipios no pueden entregar a privados áreas que son espacios públicos y mucho menos desentenderse de la promoción cultural.
Por Roberto Bustamante Vento*
Foto: Claudia Alva
El conflicto por el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) en el distrito de Barranco hace ya buen tiempo que está en un punto muerto. Tanto los vecinos, el alcalde del distrito como los promotores del museo, se han lanzado algo más que dardos desde cada esquina: "ignorantes", "perros del hortelano", "prepotentes", han sido algunos de los calificativos que se han leído en los diarios cada vez que se ha tocado el problema del MAC en Barranco. Y, no se puede negar, la mayor parte de estos calificativos han sido dirigidos al alcalde barranquino, Antonio Mezarina.
La pelea de los vecinos por la defensa del parque Montero Bernales (también conocido como el "parque la lagunita", la puerta de entrada de Barranco) empezó el año 2002, cuando la por entonces alcaldesa Fina Capriatta entregó en concesión dicho espacio a un grupo de entusiastas empresarios (agrupados alrededor del Instituto de Arte Contemporáneo - IAC) que promovían la construcción del primer Museo de Arte Contemporáneo. Era una lucha justa, porque la propia alcaldía fue abandonando el mantenimiento de dicho parque, que finalmente fue el argumento para la entrega de tal lugar: si la municipalidad no puede mantenerlo, quizá una asociación privada pueda hacerlo mejor. Este además es un argumento que se viene escuchando en el Perú desde ya buen tiempo, y que sirve de pretexto para la privatización del patrimonio arqueológico, de las carreteras y prontamente del aire.
La protesta de los vecinos encontró una respuesta agresiva de los miembros del IAC en los medios: "vecinos malintencionados", "desinformados", "manipulados". Vecinos que además han visto sus espacios públicos reducidos todavía más con la privatización de las playas de Barranco (bajo la gestión del cuestionado Martín del Pomar). Si hay un punto en el que el diálogo se enturbió, fue seguramente este.
Dicho sea de paso, el IAC no consiguió durante todos estos años el objetivo de terminar el museo. Detrás de las rejas que impiden el acceso al parque fuera del horario de visita, se ha llegado a construir la estructura para el futuro centro cultural, pero no se terminó. No se sabe hasta ahora cuál es el plan de financiamiento y cuál el plazo pensado para conseguir fondos. Hay que señalar acá que el IAC no contaba con ningún plan ni proyecto para el museo, salvo un plano arquitectónico.
Una nueva directiva en el IAC intentó abrir el diálogo con los vecinos, pero un nuevo alcalde recordó por qué el proceso está empantanado. Necesitado de gestos políticos (en otras palabras, para la tribuna) con los vecinos, dirigió su puntería hacia el MAC. La respuesta desde los medios y desde los artistas cercanos al museo no tuvo piedad alguna. Casi todas las veces que se hablaba de Mezarina, se le llamaba de "ignorante" para abajo. Comprensible que luego el alcalde barranquino busque la clausura definitiva de las actividades del MAC.
Barranco se merece un museo pero no de esta forma. Y los vecinos barranquinos no se merecen ver alquilados o vendidos sus playas y parques, y mucho menos sus casonas destruidas o convertidas en supermercados. Urge un plan de manejo integral del patrimonio inmueble y paisajístico, en la que poner en valor el litoral no signifique nuevas concesiones.
Tal vez, como ha afirmado Mirko Lauer (La República, 13 de febrero del 2008), se necesite algo más que un saludo de Cecilia Bákula, directora del Instituto Nacional de Cultura, y se deba elaborar un plan de gestión cultural para el distrito (que además es uno de los lugares turísticos más importantes de la ciudad). Y dentro de esto, replantear la gestión de un MAC que parece no tener cuándo materializarse. Al menos no con la actual administración privada.
Quizá una administración mixta, en la que la Comuna tenga un papel importante y que asegure la existencia de un Museo de Arte Contemporáneo público, pueda ser la solución al punto muerto en esta historia macondiana. Un museo público, gestionado también por la Municipalidad y no un museo administrado por una entidad privada cuyo discurso sobre el arte y la relación de este con la población es vertical y finalmente elitista.
*Arqueólogo
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