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Abelardo Oquendo.
Desde su tapa misma, en negro y plata quemada, con las torres gemelas aún en pie, el título escrito en números y letras y el nombre del autor como un sello minúsculo de lacre derramado , Bombardero es, por donde se le mire, algo inusual. Ningún copyright, en voluntario desamparo legal: "Este artefacto puede ser reproducido, almacenado o trasmitido por cualquier medio (…) con o sin permiso del autor". En cambio, el texto de este libro ha sido objeto de los mayores cuidados tipográficos, de diseño y edición. Pero es más allá de lo visual y lo táctil donde lo verdaderamente insólito se encuentra.
"En el cementerio de Montparnasse, a la seis de la tarde, Rachel sube a la tumba de Cesitar Vallejo y separa las piernas. Tres hojas de lirio caen desde el cielo y una tardía gota de semen desciende cansinamente por su ingle. (…) Un avión aparece en el cielo. (…)
Dos aviones se cruzan en el aire. Estamos en el aire.
[Dos años después (Nubegris, 11 S, 2001)]
Alguien, en algún lugar del planeta, está enviando una línea de aviones contra el cielo naranja, a veces rojo, veteado de amarillos, estriado en escarlata, casi rubí.
Alguien se dispone a desfigurar la geometría del globo, alguien quiere borrar las coordenadas, alguien quiere, alguien busca, alguien planea. (…)
Creo que están bombardeando Nueva York."
Así (con omisión de varias líneas) empieza Bombardero, novela audaz y nada convencional como pocas en la narrativa peruana, tan desafecta a las audacias radicales. Al borde de su final se lee:
"He escrito este libro con una voluptuosidad gobernada por el dolor (…). Lo he escrito sobre esa delgada línea que separa la herida de la explosión. Lo he escrito como me tatué tu nombre, amada: con un clavo."
Las novelas no suelen terminar de este modo; tampoco emplear el discurso epicolírico y libérrimo de Bombardero. Quizá Bombardero no sea una novela y por eso no pudo conseguir editor (nada raro cuando se desacatan las normas comerciales de la industria editorial de estos tiempos). Pero novela o no –discusión vana– del libro con que debuta en la épica César Gutiérrez (Arequipa, 1966) puede decirse, mínimo, que aporta un aire fresco a nuestra narrativa, que sitúa en ella, sin sacrificio del interés, la poesía por encima de la anécdota, y que reivindica el gozo de la lengua y los vuelos (no fantásticos, no real-maravillosos) de la imaginación.
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