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En el último refugio de los Boras

Quedan apenas 300 miembros de esta etnia. Subsisten gracias al comercio de artesanía y productos de la selva. Necesitan colegio y posta médica.

Luis Velásquez C.

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Danzantes. Los Boras expresan su afecto, sus penas y temores danzando. Así también adoran a sus dioses. Haga click en la imagen para ver infografía.
De mala gana, Jhonatan toma los maderos y golpea el manguaré macho que hace tiempo se halla viudo (el otro, el hembra, fue vendido a un gringo que pagó bien por el tronco hueco).

El muchacho finge transmitir mensajes a otros Boras que se hallan reunidos más adentro, en el pueblo de San Andrés, su último refugio. Si supiera cómo, probablemente lo haría. Y les diría lo triste que es su vida, alejado de sus costumbres.

Por ahora Jhonatan sólo quiere agradar a los extraños que llegamos sin permiso a su pequeño espacio sin nombre, a orillas del río Momón, afluente del río Nanay, en el sector de Padre Cocha, Iquitos. Ahí los Boras han levantado una choza enorme que hace las veces de taller, escenario de bailes, sala de exposiciones y campo ferial.

Sus gestos indican que no está a gusto con nosotros. El chico está cansado de quitarse los jeans y el polo, pintarse la cara y ponerse una falda hecha de la corteza de un árbol, cada vez que los turistas llegan al lugar siguiendo las indicaciones de algún improvisado guía.

Cansados también lucen las mujeres y hombres que esperan la diaria llegada de los deslizadores que traen gente. Así se muestran Berna Mayica (29 años), y Joaquín y Darwin Flores. Y ni qué decir de los demás Boras que los acompañan.

Están resignados a su nueva vida, aunque quisieran tener un mejor destino. Mejor suerte y no depender de otros, como ocurre ahora… Ser y vivir como antes, cuando danzaban y cantaban libres.

"Quedamos como trescientos en el pueblo de San Andrés, pero ya no somos Boras auténticos. Ahora hay mezclas de Boras con Yaguas y Huitotos", explica Darwin Flores, el próximo curaca de esta etnia.

Su padre, Rafael Flores, es quien dirige los destinos de los Boras. Él es la máxima autoridad en esta comunidad y sólo cuando la solución de un problema requiere de la presencia de otras opiniones, recurre a las autoridades de Maynas.

Y cuando Rafael tiene que ausentarse para participar en reuniones con los jefes de otras tribus, Darwin y su hermano Joaquín asumen sus compromisos, como recibir a los turistas. Es una rutina que adoptaron hace unos años obligados por sus necesidades, pues ya no tienen áreas libres para cazar ni recolectar frutos. Tampoco les quedan espacios para sembrar yuca o arroz, y menos animales que atrapar.

Hoy dependen de los ingresos que logran a través de la venta de su artesanía, lo que atrapan en los ríos que rodean Padre Cocha.

Pero, un momentito, tampoco quieren que se les tenga lástima. Reclaman, eso sí, mayor atención de parte del Estado que no terminan de conocer, pero al que ayudaron muchas veces. Por ejemplo en el conflicto del Cenepa.

Rey Mozombite, nuestro guía, recuerda que le contaron que los Boras ayudaban a los soldados enviándoles mensajes con sus manguarés, a través de los cuales delataban la posición del enemigo.

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Instrumento. El manguaré les sirve a los Boras para comunicarse.
De pronto alguien rompe la solemnidad de los relatos con un aviso. Ha llegado el momento de la diversión. Darwin Flores hace una señal a nuestro guía y éste nos avisa que el pueblo Bora quiere mostrarnos su afecto con algunas danzas milenarias, que rápidamente ponen en ejecución. Él encabeza el grupo. Lo siguen su hermano Joaquín, algunos adolescentes que son parte de su familia, varias mujeres y algunos niños. Todos con el torso descubierto, para mostrarse auténticos.

Más adelante vienen los recuerdos, las fotos y el momento esperado por los nativos: la venta de sus productos que les asegurará algunas ganancias. Pero lo bueno dura poco, y los Boras lo saben. Por eso piden mayores oportunidades. Tal vez una escuela con profesores plurilingües, una posta médica en San Andrés, algunos talleres para las mujeres y trabajo para los hombres. Una cosa más, respeto para su pueblo y amor por la selva, que es la razón de ser de todos acá en Iquitos.


Son originarios de zona del Putumayo

El vocablo Bora significa oreja sin orificio. Se estima que el origen de esta comunidad nativa se sitúa al otro lado del río Putumayo, en la frontera con Colombia. Se sabe además que en la actualidad la población total de Boras está repartida en tres comunidades situadas en Loreto. San Andrés es la principal.

A inicios del siglo pasado la comunidad Bora sufrió cambios traumáticos como producto de la explotación del caucho. La población que entonces llegaba a 15 mil habitantes, se redujo a 427, en un lapso de 30 años.

La población actual de Boras está compuesta mayoritariamente por niños y adolescentes menores de 17 años (54,7%). El número de adultos mayores llega a solo el 1,6% de la población total de nativos. El hombre Bora es monógamo, aun cuando forma su hogar a corta edad.

 
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