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por: Federico de Cárdenas
No puede decirse que Steven Shainberg (Memphis, 1963) se prodigue. Graduado en Letras Inglesas en Yale y tercamente independiente, llegó al cine desde la publicidad y ha dirigido tres largos en un decenio: Hit me (1997). La secretaria (2002) y el que nos ocupa, segundo suyo que vemos en Lima e igualmente fruto de su trabajo con la guionista Erin Cressida Wilson, quien adapta un libro de Patricia Bosworth. Autocalificada de "retrato imaginario" para evitarse conflictos legales, Retrato de una pasión no es exactamente un biopic sobre la suicida fotógrafa Diane Arbus (1923-1971) sino una versión de sus inicios en NuevaYork en 1958.
La trama nos presenta una doble vida en la joven Diane (Nicole Kidman), hija de una rica familia judía, los Nemerov, especializada en pieles, casada casi adolescente con Allan Arbus (Ty Burnell) con quien tiene dos hijas. Allan es el fotógrafo de las colecciones de sus suegros y Diane, su auxiliar y estilista, ha aprendido el oficio de su esposo, a quien anuncia que quiere trabajar como fotógrafa. Un misterioso enmascarado se muda al piso vecino; Lionel Sweeney (Robert Downey) es víctima de una enfermedad que le cubre cuerpo y rostro de pilosidad. Una extraña fascinación surge entre ambos personajes, pues Lionel abre a Diane la entrada a ese universo de freaks, travestis y prostitutas que caracterizará lo esencial de los retratos a los que deberá su fama, casi toda póstuma.
La cinta cubre varios niveles. Por un lado, el más evidente, es una recreación de la fábula de la Bella y la Bestia, una historia de amor entre dos seres diferentes a los que une su atracción por lo barroco y bizarro. Por otro, es un relato iniciático en el que poco a poco y mediante momentos simbólicos (la llave, el cruce de umbral, el baño lustral al que invita Lionel a Diane, etc.) la protagonista penetra en un mundo que no es el suyo –y que recuerda la entrañable Freaks (1932), obra maestra de Tod Browning– y al que acepta en su monstruosidad física sin ningún tipo de prejuicio, al punto de presentarlo a su esposo, padres e hijas pequeñas e invitarlo a compartir su espacio doméstico (la escena en que descienden desde una trampa ubicada en el techo es muy lograda). Son los grandes excluidos, los "otros", aquellos a los que fotografiará en buena parte de sus años de trabajo.
La puesta en escena de Shainberg presenta muy bien este contraste entre los dos mundos, y cómo Diane va siendo atraída por el universo paralelo. Hay una indudable deuda con el Kubrick de El resplandor (que no por azar recreaba la famosa foto de las gemelas de Arbus), aunque Shainberg no busque en modo alguno aterrorizarnos. Es verdad que a veces sobrecarga de sentido sus imágenes hasta caer en lo demasiado obvio (el afeitado de Lionel, que es su liberación y despedida), pero en otras acierta, sobre todo a partir del desempeño de Kidman, muy convincente en su difícil rol, que expresa también un proceso de crecimiento que culmina con su independencia. Steven Shainberg, cineasta a seguir. |