|
Abelardo Oquendo.
Para los no muy familiarizados con nuestra literatura el nombre de Enrique A. Carrillo es, igual, si no aún más, que su seudónimo Cabotín –dejémonos de eufemismos– desconocido. Desconocido como muchos otros nombres que registran las historias de las letras peruanas, nombres de autores cuyas obras sobreviven apenas en bibliotecas, a la espera de un investigador, de algún especialista. En su gran mayoría esas obras han perdido vigencia, carecen ya del atractivo que pudieron tener para sus lectores.
¿Es este el caso de Carrillo? ¿Están sus escritos justa o injustamente en el olvido? ¿Están en el olvido? Para un autor el olvido consiste en no ser reeditado, aunque estudiosos e historiadores de la especialidad lo mencionen. Carrillo, quien vivió entre 1876 y 1936, fue publicado por última vez en 1959, año de la segunda edición de su breve novela Cartas de una turista, de 1905. Antes, en 1957 y en 1945, se publicó un par de selecciones de sus crónicas periodísticas. Su único libro de poemas, Ápice, no vio otra luz que la de 1930, que lo alumbró. Y esto era todo hasta hace unos días, pues la Colección Obras Esenciales, de la PUCP, acaba de poner en circulación un tomo de Obras reunidas de este escritor limeño. Vienen en él los tres libros que publicó en vida más sus cuentos y poemas dispersos y un buen número de sus crónicas sueltas. La edición y el prólogo de este libro, que trae bibliografía y cronología, se deben a Miguel Ángel Rodríguez Rea.
Por lo dicho, podría afirmarse que Enrique A. Carrillo estaba en el olvido. ¿La edición de la PUCP ha venido a rescatarlo? Es difícil creer que tras estas Obras reunidas algún editor del circuito comercial se interese en relanzar cualquier título de Carrillo. Lo que no resta sino incrementa el mérito del volumen de la PUCP, dirigido a aquellos degustadores del arte literario nacional que conocen y aprecian a Cabotín, que son pocos pero son. En esta reunión de sus obras hay páginas de grata lectura. Como buen modernista, Carrillo tiene una prosa trabajada con finura, inteligencia y personalidad que, pese a sus tintes de época, conserva frescura y gracia.
Quizá el atractivo mayor de este escritor que nunca se asumió como tal se deba –en su tiempo y también ahora– precisamente a eso: a su elegante desentendimiento de una carrera o una obra literarias para las que poseía altas y evidentes cualidades. Cualidades que ejercitó, como un deportista amateur, con rigor a la vez que con displicencia.
|