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Novela narra la historia del culto de un pueblo a un Cristo con kepí y pistolas.
Por Pedro Escribano.
Foto: Julio Angulo
 Pesquisa. Javier Arévalo. Al lado, carátula de su reciente novela. |
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El narrador Javier Arévalo reapareció en la narrativa peruana con pistola en mano. Acaba de publicar Gracias, Señor, por tu venganza (Ed. Planeta), una novela de corte policial. Si bien Arévalo no hace mucho publicó publicó dos libros –Vértigo bajo la luna y Él cazaba halcones–, estos son dedicados a jóvenes y no alcanzaron mayor divulgación ni atención de la crítica. Con Gracias, Señor..., Arévalo vuelve a colocarse en el paredón, en la puntería de la crítica. Y el narrador vuelve con lo mejor que sabe hacer: el tono policial, como lo hizo en su novela Instrucciones para atrapar un ángel.
El Cristo Vengador
Gracias, Señor... narra sobre el culto del pueblo Quichuay a un Cristo que usa kepí de policía y pistolas y que un día descendió de su cruz para ajusticiar a un gamonal abusivo. Cuarenta años después, un sacerdote –el padre Luna del Opus Dei– opera desde las sombras para que los devotos dejen de adorar a este Cristo. Y como los creyentes se resisten, el religioso mueve cielo y tierra y manda quemar la iglesia. Alberto, periodista limeño, ateo para más señales, viaja a Quichuay, Cusco, para hacer un reportaje televisivo sobre la historia del Cristo y entrevistar al religioso. Lo acompaña Magdi, su ex enamorada, quien despertará los celos de Silvana, enamorada de Alberto y jefa de ambos. Alberto no podrá probar nada. Se encuentra con un red secreta de cómplices que lo dejan sin filme y sin testigos, porque estos se retractan. Nadie le cree, hasta él duda de sí mismo a pesar de que al final logró entrevistarse con el sacerdote. No le queda otra que escribir un libro con todo lo vivido (o imaginado).
El policial de Arévalo es sui géneris, pues la trama, el tono de policial, la historia misma están casi subordinadas a las tensiones sociales que se da por el roce de la fe de un pueblo con la ortodoxia católica. Es decir, la novela a veces también acarrea temas de orden sociológicos y antropológicos.
No es gratuito que Huanca, un quichuayino, le diga a Alberto: "Como el Perú es para nosotros algo tan lejano, lo que tenemos es un Dios de Quichuay, para tenerlo más cerca, solamente" (pág. 120).
Lo que señalamos no es un defecto. Arévalo ha sabido resolver esta densidad sociológica con un lenguaje fresco, resuelto, que va casi en posta entre el protagonista y los personajes secundarios.
La novela corre rápida hasta los últimos capítulos, donde creemos que hay un punto de quiebre en contra de la historia. Esto ocurre cuando Alberto ingresa a la habitación del sacerdote y es sorprendido por este en la más completa pasividad, tanto que el periodista, hallándose en falta, logra entrevistarlo. Es verdad, Alberto supuestamente tiene una pistola, pero igual, el pasaje resulta inverosímil. Y si bien Arévalo quiere también sorprender al lector, pues la supuesta pistola es un encendedor que Alberto hace click en la cien y chamusca la patilla del sacerdote, a Gracias, Señor... creo que, para que sea completa, le faltó poco, un remate que se parezca a un disparo.
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