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Mirko Lauer
El Perú al que volverá el prófugo Alberto Fujimori le va a parecer muy distinto del que dejó atrás en el 2000. El hombre al que mandó capturar vivo o muerto en el golpe de 1992 ahora es el Presidente de la República. Vladimiro Montesinos, el socio político al que le dio esa orden de implícito asesinato a Alan García, ya lleva unos siete años preso en la base naval del Callao, y lo odia.
El cúmulo de simpatizantes a pesar de todo que Fujimori tenía y que cultivó desde Tokio durante cinco años se ha reducido a bastante menos que el 10% parlamentario que obtuvo en el 2006. Ollanta Humala, el militar que intentó levantarse contra él en las horas finales de su gobierno, obtuvo en el 2006 la primera mayoría del Congreso, en parte gracias a ese gesto.
Su movimiento político –llamado Sí Cumple, el quinto membrete con que se mueve en la política– ha terminado liderado por sus abogados personales y sus publicistas. Su bancada se ha ido convirtiendo en un rebaño confundido, al que probablemente los próximos tiempos dividirán. Satomi Kataoka, la elegante segunda esposa que le iba a poner el Japón entero en bandeja, ha convertido en una sombra más bien ausente de la peor parte del drama.
Quizás su único motivo de alegría en la política de estos tiempos sea la hija Keiko, quien ya salió a reiterar que no confía en la justicia peruana. La joven congresista está llamada a convertirse en un insistente vocero de reclamos imposibles. Pero a la vez hay una batalla legal que dar, y estará toda en manos de un equipo de abogados. Y mítines frente a la cárcel, claro. Por un tiempito.
Para el gobierno el inminente aterrizaje en Lima es un presente griego, que solo puede rendir complicaciones. El triunfo es de aquella forma de conciencia cívica llamada a grandes rasgos sociedad civil, que la fuerte ala derecha del gobierno peruano viene maltratando desde el primer día. La derrota es de los fujimoristas, hasta ahora los más estables socios de esos sectores del gobierno.
¿Pesan todavía esos 13 votos como para colocar al gobierno entre la espada y la pared del sistema judicial? UPP, una escisión apóstata del humalismo, viene perfilándose como un socio cada vez más confiable para el gobierno. Pero al mismo tiempo la agresividad y la decisión de los opositores están creciendo, y con ello la peligrosidad de dejar votos en el limbo.
Es probable que, como sucedió con Montesinos en el 2000, luego una breve temporada de grandes reflectores encendidos el caso Fujimori se hunda en el tedio especializado de todo lo judicial. Las siete acusaciones son tema suficiente como para que el proceso judicial se extienda por lo menos otros tantos años.
A quienes hay que felicitar en esta hora es a los procuradores anticorrupción, los actuales y los que ya no están, que en siete años nunca perdieron la confianza en que era posible llevar a Fujimori ante la justicia. Un proceso iniciado por el Presidente Valentín Paniagua y el ministro de Justicia Diego García Sayán sigue ganando batallas bajo este gobierno. |