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Inquisiciones. Ciudad jardín, poemas de Acurio

Abelardo Oquendo.

Celeste romano (Lima, 2001), de Rómulo Acurio (Cusco, 1965) fue uno de los más notables –no de los más notorios– libros de poemas aparecidos entre nosotros a principios de este siglo, por la calidad lírica de su voz, clara y sencilla. Ahora vuelve el autor a ejercer la poesía en torno de un espacio urbano: el centro de Lima, con algunas salidas a zonas más abiertas, reales e imaginadas. Su nuevo poemario se llama Ciudad jardín y ha sido publicado por Editorial Nido de Cuervos.

Hay una vasta retórica literaria que no descubre sino cubre a Lima. Arduo empeño, por lo demás, sería, si posible, el descubrirla, o definirla, pues, como el país que ella preside, existe en la diversidad. Pero la ciudad no es propiamente el tema del discurso poético de Acurio sino su vivencia, alguna relación súbita entre el poeta y la calle que recorre, la plaza donde se halla, la iglesia o el museo que visita, el entorno que mira, el cuarto donde vive ("con qué esperanza / alargamos los brazos / para tocar una espalda / o el nervio del mundo / en la pared // escapamos, corremos / indeseados o libres / por los pasillos inmóviles / del día // espacio, íntimo dueño / desvelados nos portas / en tu cajón abierto / a esa casa deshecha / que es el tiempo"). Esa experiencia, ese vínculo, remiten más a lo sentido, a lo pensado, a una esencia interior, que a una realidad objetiva, si bien esta es el estímulo que dispara la intuición ("escucho nítido / el vuelo del mundo / eufórico de nada, espantado / en el muro de añil // y me adentro / en la cal y el adobe y el tiempo / dejando en la capilla / una presencia estremecida / sin mí").

El procedimiento poético predominante en el nuevo libro es similar al de Celeste romano, poemario donde lugares de la ciudad son detonantes, cuando no fuentes de símbolos. El poema, en él, se beneficia de las resonancias prestigiosas de Roma; en Ciudad jardín –nombre que ya es una ironía– sucede lo contrario: la imaginación del lector no es excitada por el resplandor de una historia encomiada por la Historia sino más bien enturbiada por el deterioro del centro de la capital donde se ubica buena parte de los poemas, y por el cielo limeño, nada celeste. "El desierto afuera y dentro el invierno –dice el autor en una nota de solapa–, la plaza vacante y un ángel que anuncia la inminencia lejana del mar y de la luz. Lima que invita a escribir sobre el muro y la niebla, la forma y el vacío". La fusión de sujeto y objeto es ahora –en la niebla y el vacío– mayor, y el resultado suena más cierto e intenso.

 
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