|
Abelardo Oquendo.
De las tres piezas teatrales de Felipe Pardo y Aliaga solo dos fueron llevadas a la escena en vida del autor y ninguna salió a la luz impresa hasta la edición de su obra que un año después de su muerte hicieron sus hijos. Pasaron 102 años antes de que el teatro de Pardo volviera parcialmente a imprimirse y 30 años más para que una pieza suya reapareciera, dentro de una antología.
Publicar libros no fue algo que interesara a Pardo, a quien no le faltaron medios para hacerlo. Lo suyo fueron los periódicos, en los que colaboró con artículos y versos, además de fundar y dirigir no pocos. La condición efímera del periodismo fue plenamente asumida por este escritor de formación académica que priorizó la política y la función pública y al cual interesó sobre todo estar y ser en su tiempo. Los periódicos son para el ahora, los libros para vivir mañana, pudo pensar.
Aparentemente, Felipe Pardo desconsideró la posteridad: él, que editó tantos periódicos –fugaces todos–, no editó un solo libro cabal. El primero con textos suyos digno de tal nombre fue un homenaje familiar a la memoria del padre desaparecido. Tras este, y a mucha distancia unas de otras, vinieron unas cuantas recopilaciones más de su prosa y su verso, pero de teatro no.
El teatro completo, más una compilación de la crítica teatral hecha por Pardo y los facsímiles de los tres números de su periódico El espejo de mi tierra, se han reunido ahora en un tomo de la colección Obras Esenciales que publica el Rectorado de la PUCP. La edición, el prólogo y las notas son de Cecilia Moreano. Se trata de un aporte valioso que facilita el acceso a la obra de este autor, que es uno de los escritores canónicos de nuestro siglo XIX. Un aporte solo viable para una actividad editora ajena a lo comercial, pues si Pardo tiene una inobjetable importancia dentro de la historia del teatro peruano, no es un autor que hoy pueda llevarse a escena ni que interese a los aficionados al teatro, salvo que sean estudiantes o estudiosos. Para decirlo crudamente: el teatro de Pardo está muerto.
La literatura es una desmesurada biblioteca donde la inmensa mayoría de los libros pertenece al olvido. Tal vez Pardo lo intuyó y le fue indiferente, pues vivió la notoriedad. Quizá la posteridad, tan mentada, no sea sino una coartada para consuelo de aquellos escritores que nunca se verán brillando pero sueñan, póstumamente, brillar.
|