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Tibia ayuda

Mirko Lauer

La campaña del gobierno para aliviar a quienes padecen súbito frío en las alturas es indispensable, meritoria, digna de apoyo por donde se la mire. Pero ya hemos estado allí, aunque el cambio climático siempre puede sorprendernos. ¿Por qué la recurrente llegada del frío intenso cada tantos años siempre tiene que ser como una sorpresa, y por tanto como una emergencia?

Existe una suerte de pasión nacional por la imprevisión. El país prefiere movilizarse de urgencia para ayudar al prójimo damnificado que contribuir a que su catástrofe nunca se dé. Luego el Estado imprevisor apela a la conciencia de los particulares. El frío intenso, cuyo alivio inmediato (no completo) es una prenda abrigadora, parece ser uno de esos casos de fobia a las eficacias de la prevención.

¿Qué se hubiera podido hacer? En esta era de dumping de ropa china es indispensable ubicar una prenda barata y térmica que se puede poner al alcance de toda la población en zonas de frío. Ese ha sido el sentido de los decenios de chinos vestidos con ropa acolchada de un azul uniforme, que todavía exhiben los campesinos que no han sido alcanzados por los milagros económicos.

Una prenda así se le podría subsidiar, puesto que no tendría curso en los mercados predominantes, como sucede con la gasolina de contrabando, y luego podría circular como toda la ropa. Un mercado de ropa abrigadora en zonas heladas o terriblemente heladas. No suena tan solidario como una campaña nacional de emergencia, pero es obvio que lo resulta bastante más.

El acopio de prendas particulares tiene un claro límite. No solo porque la gente con ropa para regalar es realmente poca, sino porque estas sorpresas del frío intenso aparecen cada vez menos espaciadas. Además con los fríos húmedos que han empezado a aparecer en Lima pocos van a estar dispuestos a desprenderse de prendas abrigadoras. Ya los activistas han señalado que de nada sirve la ropa del pasado verano.

Parte de lo que obliga a sorprenderse cada vez en lugar de prever de una vez por todas es que el problema del frío no es solo el del abrigo. También es el de la nutrición y la salud, léase el de la pobreza, que parece soportar todas las temperaturas. En esto deberían fijarse los gobiernos regionales, muchos de ellos verdaderos expertos en hacer el muertito en temas sociales.

El invierno en la capital no es tan feroz como el de las alturas, pero por su humedad es también dañino para quienes comen mal y se abrigan peor. Lo cual lleva al tema de que no hay logro social que a mediano y largo plazo reemplace la reducción de las cifras de pobreza. Estas cifras nada solidarias vienen siendo la némesis de media docena de gobiernos consecutivos.

 
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