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La presencia de tres películas peruanas en el circuito comercial –dos de ellas, Madeinusa y Mariposa negra, ganadoras de premios internacionales– puede producir la falsa impresión de que nuestro cine vive un gran momento. Esto acaso sea verdad hacia el exterior, donde el cine local ha logrado participar en numerosos festivales y ha cosechado no pocos premios y elogios. Pero, vista desde nuestra realidad, la situación no podía ser más deprimente.
Pues ocurre que el cine peruano, una de las más efectivas cartas de presentación del país, se encuentra en un permanente estado de agonía, sobre el cual los propios cineastas están tratando de llamar la atención por medio de la campaña "Cineastas en pantalla", que los ha llevado a manifestarse públicamente y a presentar una carta abierta al presidente García, en la cual demandan el cumplimiento de la ley de cine.
Hace tres años, con motivo de la presentación en Palacio de Gobierno de otra buena cinta peruana, Ojos que no ven, el entonces presidente Toledo se comprometió a impulsar una nueva ley de audiovisuales y ofreció "todo su apoyo" a los cineastas. Sin embargo, y rápidamente, la oferta pasó al amplio rubro de promesas incumplidas del gobierno anterior, porque la proyectada ley no avanzó un milímetro en cinco años.
Hartos de la espera, los cineastas peruanos no pretenden tanto. Ahora solo exigen el cumplimiento de la ley vigente, la 26370, que establece que anualmente el gobierno entregará al Consejo Nacional de Cinematografía (Conacine) recursos por siete millones de soles, con los cuales se dotarán los premios de un concurso anual de guiones de largometraje y dos concursos de cortometrajes, hasta cubrir un promedio de 48 cortos.
Sucesivos gobiernos han venido incumpliendo esta ley, y en la práctica solo han entregado un 15% de los recursos a que están obligados. Pese a tal goteo, los cineastas se las han arreglado para seguir produciendo, aunque en proporción infinitamente menor a lo que podría ser una media deseable. En la práctica, rara vez hemos tenido más de tres largos al año, y en cuanto al cortometraje –condenado a una existencia clandestina por no tener donde exhibirse– ha seguido haciéndose, como una especie de acto de fe.
Carentes de incentivos, sin fondo de financiamiento (conseguir que RREE se encuentre al día con Ibermedia, que devuelve el triple de lo pagado, es siempre un vía crucis), los cineastas locales están hartos de esperar. Hay una generación joven, que se ha sumado a nuestros contados cineastas de carrera, que se encuentra produciendo sus primeras obras, pero que requiere de un marco mínimo de apoyo, tal como existe en Chile, Ecuador, Argentina, Venezuela, Brasil, Bolivia y otros países hermanos. El cine puede hacer tanto por nuestro país como, digamos, la gastronomía –que recibe todo el apoyo–, pero para ello hay que darle condiciones favorables, no una permanente agonía. Ojalá por fin se entienda.
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