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El Apra y la otra mitad del país

 

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Carlos Meléndez Guerrero.

El segundo gobierno de AGP ha cumplido sus 100 primeros días. Sin embargo, las lecciones de las elecciones generales todavía no han sido incorporadas. La dinámica política parece haber asumido los resultados con simplificación, resignación o soberbia, dependiendo de la ubicación política de los actores; y la política y su análisis se han sometido a la tentación de la coyuntura (los “debates” sobre la pena de muerte, la fiscalización a las ONG, etc). El 24.3% de los votos que obtuvo el Apra en abril representa a una parte del país: un sector que, en el mejor de los casos, confía en la política partidarizada, en las instituciones de la democracia representativa, cree en el crecimiento económico y en un tipo de relación entre la sociedad y la política que pasa por una sociedad civil organizada, de gremios, sindicatos y organizaciones populares. Sin embargo, existe ese otro país que, como ya se ha repetido incesantemente, votó por el descontento. Un país de economía informal y de sectores rurales abandonados, consecuencias del ajuste neoliberal, que vive el otro lado del crecimiento, ese para el que no “chorrea”. Ahí donde los partidos nunca se establecieron, y los que pretendieron hacerlo (la izquierda) no tienen una propuesta orgánica actualizada.

Los partidos políticos –sobre todo cuando tienen responsabilidad de gobernar– deben interpretar su “espacio-tiempo” histórico, como diría Haya de la Torre. ¿Lo hace el Apra? En 1987, cuando todavía el primer gobierno de García no se descalabraba, Hugo Neira ya identificaba la causa de la venidera crisis: “El drama del aprismo (es) que llega al poder en una sociedad muy distinta de la que arrancaban sus fundadores” (Socialismo y Participación N°37). ¿Se repite la historia? ¿Está preparado el Apra para gobernar a un país informalizado, fragmentado políticamente y con secuelas de la violencia y del autoritarismo clientelar? Como partido político representa una mitad del país que se detuvo en las reformas estructurales de los 90. Históricamente su relación con la sociedad ha sido corporativa (es decir mediada por organizaciones), y su asentamiento sobre todo urbano. Ello lo convirtió en un partido de masas, el más organizado. Pero la otra mitad ya no responde a esos estilos políticos. Se ha perdido la capacidad de acción colectiva que articula demandas sociales más allá de las puntuales e inmediatas. Por lo tanto, no existen espacios intermedios para la elaboración de plataformas que lleguen a la esfera política. La informalidad y la sobrevivencia económica sumergen a los ciudadanos en una lógica cotidiana que no permite politizar adecuadamente la insatisfacción. Ello solo se traduce en una suerte de desasosiego antipolítico. ¿Sabe acaso el Apra hacer política para el comerciante informal, el mototaxista, el cobrador de combi?

Por otro lado, el Apra se desarrolló básicamente como un partido de capitales de provincia. Simplemente porque antes no importaba hacer política en el campo. El derecho al voto se extendió a los analfabetos hace poco más de 25 años. Antes, los partidos tradicionales solo se establecían ahí donde había “ciudadanos con libreta”. El Apra pretendía llegar a todo el país, pero al “país electoral”. Las consecuencias saltan a la vista ahora. Por ejemplo en Huanta, otrora bastión aprista de Ayacucho, el candidato Humala obtuvo el 65% de los votos en la primera vuelta (y García solo 6%). Nuestras viejas tradiciones partidarias no llegan al “Perú profundo”. No saben cómo hacerlo.

Si el Apra gobierna pensando que el país está representado en las curules de la Plaza Bolívar, los magros resultados del pasado podrían repetirse. En teoría, con De Soto a cargo de la etapa final del TLC, habrá una mayor sensibilidad con el sector informal. Del mismo modo, la propuesta de la Sierra Exportadora apunta a un desarrollo rural con miras al mercado exterior. Ambos frentes pretenden dar solución a los requerimientos de esa otra mitad del país a que hacemos referencia, pero depende de cuánto se sintonice con los cambios producidos para que alcancen éxito. ¿Reconoce De Soto que la clase emergente de la que daba cuenta en su “otro sendero” nunca emergió? ¿Qué lecciones ha sacado el Apra del fracasado “trapecio andino” que impulsó en los 80 para el actual abandono del sur del país?

(*) Instituto de Estudios Peruanos.

 
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