La peor parte del descubrimiento de un vocal supremo en lo penal coimero es que no sorprende en el fondo a nadie. Hay el argumento, atendible, de que no todos son así. Pero cabe preguntar cómo hacen los honestos para convivir tan estrechamente y en silencio con los demás, justos que llevan el anda del descrédito de los colegas pecadores. Cuál es el antídoto para las frutas podridas de la jaba.
En el caso del vocal de marras, es sintomático que arrastre una lista de dictámenes claramente favorables a los acusados del fujimontesinismo que han pasado por sus manos. Síntoma que es en última instancia de lo que trata el tema de la corrupción en el sistema judicial: jueces y vocales tomando partido al margen de lo que señala la ley, no necesariamente en una sola dirección.
No es que un vocal como este necesariamente sea fujimorista, sino que los acusados más afines a la corrupción son los más dispuestos a, y los más experimentados en, comprarse un vocal como este, o como los varios otros que a lo largo de estos años han emitido sentencias pro-mafia como si fueran volantes, sin que nadie se inmute demasiado.
Una parte importante del problema con el sistema judicial está en la ambivalencia del resto del país. Como no se puede vivir una vida normal con la idea de que la corrupción campea en el sistema judicial, imponiendo su lógica final incluso a los jueces y vocales honorables, el país vive el día a día como si esto no existiera y solo actúan frente a la corrupción detectada. Castigado el culpable, cuando sucede, la cosa vuelve a su extraña normalidad.
Es lo que se practica en relación con otras instituciones claves para la marcha del país. Esto ha venido creando un país Potemkin, hecho todo de fachadas engañosas que impostan la normalidad, pero que es perfectamente disfuncional a los objetivos nacionales. Esta es una situación desafiante, mucho más complicada que la suma de sus partes, y que no se presta a soluciones fáciles.
Además, como el orden establecido se funda en buena parte sobre sentencias judiciales, la descalificación del sistema judicial tiene un límite. ¿Podemos cuestionar al Poder Judicial sin estar afectando la validez de la sentencia que nos ha favorecido? El dilema parece más filosófico que práctico, pero sirve para ilustrar parte de la tolerancia.
Conocemos la lista de soluciones propuestas, algunas incluso practicadas en diversos momentos: mejores ingresos, reclutamiento de gente prestigiosa, reforma administrativa, sistemas de control, sanciones drásticas. Pero el problema sigue allí con su desvergonzada cara de palo, sólido como los cimientos del Palacio de Justicia.