El Perú está en un proceso de transición hacia la democracia, y aún no hemos logrado extender y consolidar plenamente sus hábitos y prácticas. El lugar preferente que ocupa el prófugo Alberto Fujimori en las encuestas para darnos cuenta de que, hasta el momento, los peruanos no aprobamos esta materia. Gran parte de la responsabilidad por esto le corresponde al presidente Toledo, quien desperdició la oportunidad de construir sobre los avances del gobierno del presidente Paniagua y afianzar la gobernabilidad democrática. Los partidos políticos tienen también buena parte de esta responsabilidad, por su incapacidad de responder a las demandas ciudadanas y a los grandes desafíos que enfrenta nuestro país.
Para consolidar la democracia es necesario un proceso de aprendizaje colectivo en el cual el sistema educativo, los medios de comunicación, los líderes de opinión, y en especial los partidos políticos debemos embarcarnos con una tarea pedagógica. Parte de esta tarea consiste en examinar y debatir acerca de las características principales de nuestro sistema político. Esto es lo que hacemos cotidianamente en el PDS, y uno de los puntos que nos encontramos discutiendo en la actualidad es la naturaleza del voto –específicamente si este debe ser obligatorio o voluntario. Aún no tenemos una posición institucional, pero quisiera plantear mi punto de vista sobre el tema.
En el contexto actual de transición inconclusa hacia la democracia, el voto debe seguir siendo obligatorio en nuestro país –a menos por varios períodos electorales–. En primer lugar, cuando el voto es voluntario existen mayores posibilidades de manipulación que cuando el voto es obligatorio. En una democracia de baja intensidad como la peruana, el voto facultativo crea incentivos perversos. Si no se tiene la obligación de votar, entonces se votará cuando se esté motivado y plenamente consciente de los deberes políticos o, en el peor (y quizás frecuente) caso, cuando se obtenga un beneficio económico directo –dinero, butifarras, pisco, posibilidades de empleo público–. En este segundo caso no interesan los programas y planes, si un candidato o partido es mejor o peor para el país, sino lo que pueda ofrecer aquí y ahora. El voto se transforma en una mercancía más al alcance del mejor postor. Si bien este tipo de manipulación puede darse también con el voto obligatorio, esto no sucede en el mismo grado que cuando el voto es voluntario, ya que se debe votar de todas maneras.
En segundo lugar, la obligatoriedad del voto es un incentivo –posiblemente débil pero incentivo al fin y al cabo– para que el elector se informe acerca de los candidatos y programas (¡aunque sea en la cola para votar!). Eso no sucede en la misma medida con él cuando no se tiene la obligación de votar, ya que si no se trata de un ciudadano o ciudadana plenamente consciente de sus derechos y obligaciones, simplemente no se vota o se vende el voto al mejor postor. El funcionamiento de entidades como Transparencia puede ayudar a mantener a la población informada, pero esto sucede tanto con el voto obligatorio como con el voto voluntario. En tercer lugar, el voto obligatorio constituye para los partidos políticos el desafío de vincularse más efectivamente con toda la ciudadanía, en vez de encerrarse en sus propios espacios políticos. Es asimismo un incentivo para ampliar e intensificar la labor pedagógica de los partidos.
Una cuarta razón para mantener el voto obligatorio es la posibilidad de un elevado ausentismo, que podría llevar a que el gobierno y los congresistas sean elegidos por un porcentaje muy reducido de ciudadanos. Esto cuestionaría su legitimidad y es una receta para la inestabilidad política. Al no asumir su responsabilidad como electores, los votantes omisos no se sentirán representados por quienes han sido elegidos, lo que abriría el camino a las protestas para deshacerse de un gobierno que no consideran como suyo.
Por último, la democracia implica derechos y deberes. No creo que votar una vez cada cinco o tres años sea una condición excesivamente onerosa para que todos los ciudadanos y ciudadanas podamos ejercer nuestros derechos democráticos. Por otra parte, tampoco creo que el voto obligatorio debe ser una característica permanente de nuestro sistema político. Pero mientras estemos en un proceso de transición hacia la democracia, el voto obligatorio es un valioso instrumento de pedagogía política y de construcción de ciudadanía.