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Ángel Páez
Hubo un tiempo en que reinaban trovadores tipo Tim Buckley, Nick Drake, Leonard Cohen, Tim Hardin y otros de parecida talla. La tradición en el mundo anglosajón continúa, si mencionamos a Elvis Perkins, Micah P. Hinson, Bright Eyes y Ryan Adams y muchos más. Pero no esperábamos que el peruano Francisco Chirinos publicara un álbum de corte folk que se inscribe en la misma línea.
Hace no mucho tiempo Chirinos sorprendió con un disco casero de blues llamado Blues de la taza de lata (2004), una colección de blues clásicos interpretados por alguien que demostraba no solo un conocimiento minucioso del género que más ha influido en la música contemporánea en el último siglo, sino también por esa extraordinaria sensibilidad que exige el viejo canto de los esclavos de las plantaciones.
Lo que parecía una simple afición Francisco Chirinos lo ha convertido en un verdadero arte. Ha publicado Dance (2008), una colección de temas propios en tiempo de folk, en la tradición de los trovadores que dominaban los escenarios en los años 60, en el periodo del "flower power". Chirinos parece una reencarnación de uno de esos cantautores que con un ánimo poético y reflexivo relatan sus vivencias particulares o de su generación, aunque no llega al cuestionamiento social como Woody Guthrie, Pete Seeger o Bob Dylan. Además, Chirinos se da el lujo de musicalizar al poeta William Blake, como los grandes. Es que no se trata de un aficionado sino de un artista que ha encontrado en el folk una manifestación natural, como lo hicieron en su momento sus admirados Hank Williams, The Band y Gram Parsons, entre otros dioses.
Otro detalle que revela la intensidad artística de Francisco Chirinos es la bellísima y delicada presentación del álbum. Se trata de un diseño que emula a las producciones de los trovadores estadounidenses y que refleja el ánimo y la intencionalidad del disco. Dance es como una flor crecida en medio de la autopista, desafiando al mundo. Es como un gesto inspirador. |