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Mirko Lauer.
¿Pesan los derechos humanos en el mundo contemporáneo? Pesan, y mucho. Fueron ellos los que en un momento dado dirimieron pacíficamente la guerra fría. Son ellos los que mantienen a raya las peores consecuencias de la pobreza en el tercer mundo. Son, mucho más que la economía, la medida de los avances de la humanidad o de los estancamientos.
Muchos gobiernos de países atrasados ven a los derechos humanos como una rémora: la obligación que impide avanzar a la economía, la imposición del primer mundo rico e insensible a un poder arcaico (como sucede con el ambientalismo), una forma inviable de igualitarismo, un pretexto para la subversión política.
El imperio soviético se derrumbó porque su gente quería derechos económicos y derechos humanos. Los derechos humanos han servido para atajar a los dictadores más arbitrarios y sanguinarios. Los derechos humanos son vistos por los postergados del mundo como la principal dádiva de cualquier mejora económica.
Los derechos humanos desautorizan al terrorismo, mitigan la prepotencia de los Estados, construyen ciudadanos dispuestos a sostener la democracia y la equidad de economías pujantes mediante la defensa de sus derechos, son la cuna de las igualdades y la tumba de las esclavitudes, abiertas o disimuladas.
La defensa de los derechos humanos es una tarea a menudo ingrata, pues en la lucha por los derechos amenazados es difícil esperar empatía o solidaridad de quienes se sienten seguros de los suyos. Las sociedades no quieren verse reflejadas, y menos impugnadas, en sus defectos. Quienes duermen tranquilos no sueñan con los que tiemblan de miedo.
Tarea no solo ingrata, sino además complicada en estos tiempos, pues también los enemigos de los derechos humanos tienen ellos mismos derechos humanos que deben ser defendidos, si la hegemonía de una democracia va a tener sentido. Defender a los malos en nombre de un principio más alto y valioso puede ser una variante suave del martirio.
Toda dictadura tercermundista, abierta o embozada, temprano choca con los derechos humanos y sus defensores. Pues en un mundo pobre, sin sindicatos ni reales partidos, ellos son la línea de resistencia del ciudadano libre. Son lo que nos diferencia de las épocas oscuras de la historia, que tanto se ha luchado por superar.
La actual democracia peruana ha sido construida sobre la lucha por los derechos humanos, clave de los derechos ciudadanos. Debilitar su vigencia es abrir las puertas a épocas superadas. Por eso han hecho tan bien los congresistas que han retrocedido al borde del abismo, negando su firma al retorno del autoritarismo asesino. |