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Mirko Lauer
En el fondo es muy probable que el actual tira y afloja en torno de la aprobación presidencial sea también un solapado debate acerca de las elecciones del 2011. No hay en las encuestas una pregunta específica sobre cuántas personas podrían cruzar la línea "sistema/antisistema" en la próxima oportunidad, pero todas las demás preguntas apuntan en esa dirección.
Los cinco años de buena performance macroeconómica y relativa calma política de Alejandro Toledo no impidieron un 47% de descontentos en las elecciones del 2006. El sentido común dictaba que cinco años más de lo mismo podría reducir ese porcentaje. Por eso hay una tendencia a ver las encuestas como un medidor de cómo avanza ese hipotético proceso de normalización nacional hacia la derecha.
Es cierto que Alan García no es el candidato del sistema para el 2011 y que la izquierda no tiene una figura como la de Ollanta Humala en su mejor hora. Pero los sentimientos básicos de la pasada campaña parecen seguir todos allí. Es decir que los logros de dos años de este gobierno no los han movido. Incluso pueden haberlos extendido a algunas de las bases del voto alanista de la vez pasada.
Los empresarios salieron a curarse en salud del susto del 2006, con vehementes discursos acerca de la necesidad de avanzar en la inclusión social ("No existe nosotros con alguien afuera", lema del Cade ese año). Dos años más tarde son testigos, suponemos que cómodos, de un proceso de intensa polarización social, que parece incluso más fuerte que los avances económicos.
En otras palabras, las encuestas muestran que los descontentos no son solo los pobres. No necesariamente quiere decir que todos voten por la izquierda en el 2011, ni mucho menos. Pero el crecimiento de posiciones antisistema es probable. La vez pasada, con un candidato mediano y con el mejor candidato posible de rival, estuvieron a cinco puntos de alcanzar la mayoría.
Es temprano para pronosticar triunfos en el 2011. Pero cae por su peso que esa elección también se viene decidiendo en el día a día de estos años. La crisis estadística de García es la crisis de la idea de que el crecimiento difunde una parte de la riqueza suficiente como para neutralizar viejas insatisfacciones. A esa máquina le están faltando algunas piezas importantes.
La vez pasada Alan García sacrificó lo económico para mantener en su sitio lo político. Hoy está haciendo más o menos lo contrario. Algo le está impidiendo encontrar el justo medio entre una gestión moderna de la economía y una mejor relación con las aspiraciones sociales de la mitad más necesitada del país. Reducir cifras de pobreza tiene que ser algo más que arrojar una limosna con el ceño fruncido. |