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Constantino Carvallo.
En el juicio al grupo Colina me impresiona su presencia sobre la mesa porque lleva a recordar a la Santa Inquisición. Es un crucifijo con el Cristo atormentado. Lo acompaña una gruesa Biblia y ambas, la Biblia y la cruz, miran hacia donde se encuentra sentado el acusado. El amable juez les da a todos la oportunidad de jurar según sus creencias. Y todos declaran ser católicos y se arrodillan y ponen la mano derecha sobre el libro sagrado y mirando la cruz se comprometen a decir la verdad, toda la verdad, solo la verdad.
Y luego, ellos mismos, relatan sus crímenes, el modo cómo raptaron y ejecutaron gente y las enterraron y les echaron cal a los cuerpos o los quemaron. ¿En qué consiste ser católico? ¿Cómo se explica este divorcio entre el credo y la conducta? ¿No aprendieron el mandamiento de no matar?
Ocurre que se encuentran protegidos moralmente por ese blindaje que permite la obediencia. Es lo que percibió Hanna Arendt durante el juicio del criminal nazi Eichmann en Jerusalén. El tipo, un hombre cualquiera, había determinado la muerte de miles de judíos mandándolos a los campos de concentración en trenes atiborrados y sentía que había obrado bien porque había respetado a cabalidad las órdenes de sus superiores. Por eso Arendt tituló el libro La banalidad del mal. Es decir, la falta de conciencia, de esa intencionalidad perversa que permitía a Kant hablar del mal radical. Aquí no, la educación recibida en el Ejército los ha programado para respetar al superior, para cumplir sus órdenes, para ante todo y sobre todo obedecer. ¿Quiénes son ellos para evaluar, para pensar, para decidir? Para oponerse a la orden sangrienta y criminal. Ellos cumplen y se sienten buenos y se declaran católicos porque la moral no se funda en la autonomía sino en la sujeción jerárquica a la autoridad. Así se sentía Eichmann y declaran algunos testigos que el único momento en el que sintió vergüenza fue cuando el juez le pidió que se pusiera de pie para escuchar la sentencia y no se levantó. El juez le llamó la atención y Eichmann, que había participado en la reunión en la que se decidió la "solución final", se incomodó, se avergonzó: no había cumplido la orden del juez.
Este culto a la irreflexión, a la prohibición del pensamiento se extiende por toda nuestra educación. Y origina esta extraña y peligrosa moralidad que tiene como coartada aquello que se piensa como virtud moral: la obediencia, el deber enajenado a la voz del otro. |