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Antonio Zapata.
La amenaza de conflicto bélico y el rápido amiste entre Colombia, Venezuela y Ecuador recuerdan que las guerras internacionales son atípicas en América Latina. Sucede que Latinoamérica tiene menos guerras entre países que cualquier otro continente. A lo largo de todo el siglo XX nuestras guerras externas se han limitado a cuatro: el Chaco, quizá la más sangrienta; el conflicto Perú-Ecuador de 1941 y los choques de los decenios siguientes; el enfrentamiento por las Malvinas, el único que ha involucrado a una nación de fuera del continente; y la llamada "guerra del fútbol" entre Honduras y El Salvador. Estas cifras son bastante bajas si se comparan con Europa, Asia o África, donde las guerras internacionales se cuentan por decenas, si no por centenas.
Más importante que las cifras es la magnitud de estas guerras modernas. En el caso europeo, los conflictos armados entre naciones han sido totales, involucrando completamente a los beligerantes, incluyendo la producción económica y al conjunto de los civiles. Este tipo de guerras totales ha estado ausente en la América Latina del siglo XX; la única que se acerca es la guerra del Chaco, entre Bolivia y Paraguay en los años treinta. Parecemos más pacíficos, pero no lo somos.
En efecto, Latinoamérica lleva la delantera de guerras civiles. En el resto del mundo es más fácil que se vayan a las manos entre países, pero menos entre conciudadanos. Por ejemplo, en nuestra subregión de la cuenca del Pacífico Sur, entre Chile, Bolivia y Perú hemos atravesado un siglo XX de frecuentes tensiones diplomáticas y algunas amenazas, pero no se ha producido ningún conflicto bélico. Mientras que sí se han desarrollado sangrientas guerras civiles en los tres países. Entre latinoamericanos, los hermanos enemigos operan con regularidad en un continente de dictadores y caudillos que bloquean la competencia por el poder. Como el Estado latinoamericano carece de solidez y sus instituciones son poco firmes, la lucha política puede conducir al enfrentamiento armado.
En Europa occidental de nuestros días, por el contrario, la fortaleza del aparato público y la firmeza de sus normas encauzan a los políticos y alejan el peligro de la guerra interna. En África por su parte, el Estado es aún más débil que el latinoamericano y se halla constituido sobre líneas étnicas y tribales que fragmentan las lealtades. Allá son frecuentes las guerras, ambas, las civiles y las exteriores. La fortaleza relativa del Estado es la clave. Si sus normas e instituciones para la transferencia del poder son aceptadas, entonces habrá pocas guerras internas o ninguna. Por el contrario, a menor integración y mayor segregación de parte de la población, la presión hacia la guerra civil será mayor.
Junto con la frecuencia de las guerras civiles latinoamericanas ha sido notable la intervención de otro país en asuntos de política interna. El mismo término "imperialismo" se acuñó para referirse a las intervenciones norteamericanas en América Central y el Caribe durante la primera mitad del siglo XX. Toda lucha por el poder se saldaba a favor de los amigos de los EEUU; sus partidarios o ganaban a las buenas o los países se exponían a una intervención norteamericana para restablecer el orden. La Guatemala de Jacobo Arbenz en los cincuenta es un ejemplo entre muchos otros. Este curso sólo amainó con el triunfo de la revolución cubana. El poder del gigante norteamericano y lo tardío de su tibio compromiso con la democracia fuera de sus fronteras ha hecho de la intervención una costumbre peligrosa.
Así, un éxito significativo del Ecuador es haber logrado que el Grupo de Río condene la violación de su soberanía territorial y prohíba enérgicamente ese proceder. A la vez, el tema de las FARC debe ser encarado por los organismos continentales. En la misma medida que se condena el ataque colombiano en territorio ecuatoriano, es necesario sancionar el apoyo a grupos armados de otro país.
Habría que limitar la costumbre latinoamericana de apoyar insurgentes de los países vecinos. Imposible ignorar que Raúl Reyes había declarado desde el Ecuador a la prensa internacional al menos treinta veces durante el año anterior. Es decir, una vez cada doce días. ¿Merecen una prohibición internacional los santuarios de las FARC fuera de Colombia? |