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Constantino Carvallo
Tal vez, más que ningún otro, sea el ministro de Educación quien está obligado al diálogo. No se les exige a los demás ministros que exhiban las virtudes que su cartera supone. Puede el ministro de Salud ser obeso y padecer de múltiples enfermedades. No hay problema. Y no sabemos cómo es como mujer la ministra de la Mujer, ni cómo conduce la ministra de Transportes, ni cómo usa la energía el ministro del sector o cuán avaro es, en su vida personal, el ministro de Economía. No nos importa, interesa solo su desempeño público, su eficiencia profesional.
El ministro de Educación, en cambio, es un ejemplo de lo que los maestros deben de ser. Él ejercita, en su actuar público, la didáctica magna, los valores que busca reproducir. Por eso el ministro de Educación no puede ser obtuso, malgeniado o creerse poseedor de la verdad. Porque los maestros, y los alumnos, van a recibir un mensaje equivocado. Si se quiere que los docentes sean dialogantes, amables, comprensivos con sus alumnos, pues el ministro tiene que ser así también con ellos, está obligado a encarnar en su conducta como jefe del sector los grandes objetivos de la educación. Porque es su líder. Es el primer magistrado de la nación, el primer docente, el maestro en la cumbre de la pirámide magisterial.
Hace mal en polarizar así los temas. No es que quien no está de acuerdo con la implantación del tercio como criterio de selección está entonces a favor de la mediocridad y no le interesa la calidad de la educación de los más pobres del país. No es verdad. Eso hacían también los humalistas, para quienes discrepar de sus posiciones significaba pertenecer a la oligarquía o no amar al Perú. Y es que en la política peruana se aplica perversamente el tercio excluido de Aristóteles. Solo caben dos posiciones: quienes están conmigo y quienes están contra mí. El otro día, en Radio Nacional, el viceministro no solo no aceptó entrar a la cabina conmigo sino que me escondieron en una oficinita para que no me cruzara con él. Insólito.
Esta nación no tiene dueño, ni gobernar significa un título momentáneo de posesión que se trata de estirar todo lo que se pueda. Gobernar es servir a los ciudadanos, escucharlos, convencerlos, guiarlos. Y acordar con ellos. Es atender sus inquietudes, calmar sus furias; es tejer, unir, pacificar, concertar. Más que para los demás ministros, gobernar, como decía Sarmiento, es educar. Escuche, ministro. |