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Luis Jaime Cisneros.
Comienza el año con buenos anuncios sobre educación. Se becará a cinco mil egresados de secundaria para que inicien su formación magisterial. Por un lado, aplaudimos; pero en seguida nos esforzamos por ver claro. Está muy bien que quienes aspiren a ser educadores sean quienes hayan obtenido altas calificaciones en su secundaria. Pero la sola calificación no puede bastar para decidirse por una profesión. Puede un alumno sentirse atraído por el arte o por la técnica; por defender las causas justas o por preocuparse por la salud, o por investigar los problemas del ambiente. El alumno debe saber que para ser profesor y para enseñar, como para todas estas posibilidades acá aludidas, se necesita una cierta inclinación, un recóndito aguijón que corroe la imaginación y que en muchos libros toma el nombre de 'vocación'. La escuela debe alentarla, ayudar al alumno a descubrirla. Hago esta aclaración no ciertamente para el Estado, sino para los alumnos y los padres de familia. Una vocación para el magisterio exige, para merecer el apoyo del Estado, buen rendimiento, buen aprendizaje en la hora escolar y ese fervor inicial con que cuenta el estudiante (y en el que confía la sociedad), para enriquecerlo a lo largo de la carrera. Lo que uno recibe no bastará nunca: es solamente el estímulo, la carga inicial que estamos obligados a mejorar y enriquecer.
Quisiéramos entender que esta iniciativa anuncia nuevos propósitos del Ministerio de Educación. Quisiéramos creer que en adelante, periódicamente, habría cinco mil becados. Así, hasta que haya sido cubierta la deficiencia y la orfandad. Debe haber un plazo para que podamos afirmar que el magisterio peruano ha logrado el alto nivel de calidad que esperábamos.
Una segunda inquietud. Interesa aclarar el modus operandi. Otorgar la beca es un procedimiento que sirve para cumplir un objetivo. Debemos precisar el objetivo, saber qué alumnos buscamos formar para el futuro, y, seguidamente, tras un análisis y un estudio de hechos y circunstancias, establecer el cuadro de exigencias (es decir, el currículo respectivo). Si no se precisa qué estudiante buscamos formar, no tiene ningún sentido discutir los planes de estudio.
Claro está: las becas deberán otorgarse a quienes culminan exitosamente la Secundaria y hayan mostrado interés o clara inclinación por la docencia. Esa instrucción secundaria debe haber seguido a una formación primaria que la justifique y respalde. Errado sería pensar que ya está todo resuelto con las becas. Con la beca se premia un esfuerzo constante. Nadie se improvisa buen estudiante en Secundaria. La aptitud para acercarse al libro, la conciencia de que se puede dar a veces una opinión, la necesidad de 'saberse útil', debe haberlas robustecido el alumno en la escuela. Y las armas que aseguran esa fortaleza son, desde hace siglos, las Matemáticas y el Lenguaje. Una buena formación en esas disciplinas básicas será siempre el fruto de una enseñanza de calidad. Si no ha habido una enseñanza primaria de calidad (fruto de maestros calificados), el porvenir seguirá siendo sólo una palabra oxítona y trisílaba. No se trata, como muchos creen, de discutir el número de asignaturas que la escuela debe ofrecer. Se trata de la profundidad y la claridad con que el alumno vaya internándose en el mundo del conocimiento, aprendiendo a descubrirlo, movido por su interés y acicateado por la fe en sus propias condiciones. Es la hora en que el alumno necesita tener fe en sí mismo. Si el hogar ayuda a vivificarla, miel sobre hojuelas. Si falta ese auxilio del hogar, de la escuela es la tarea. El maestro se encarga de orientar la dirección del esfuerzo.
Hemos comenzado a caminar en materia de educación. Se ha dado el primer paso. Para mantener viva la marcha, necesitamos otear el horizonte; no solamente el inmediato, sino el que linda con el porvenir. Y como habrá muchos que sientan la necesidad de precisar los contenidos de nuevos aprendizajes, podemos conceder una breve reflexión. Hay (y podemos justificarlo) afán e inquietud por reclamar la innovación. Muchos creen que si no innovamos no estamos progresando. Por eso, es oportuno meditar al respecto. Toda educación implica una parte fundamental de tradición. Y para que la educación eduque debemos acudir, a la hora de señalar la política educativa, a un severo análisis del contexto internacional. Necesitamos estudiar cómo está afectando a nuestro sistema educativo la modificación de las condiciones de la transmisión del saber en los últimos 40 años. El mundo occidental ha acusado recibo de esa transformación, y la escuela ha sido el primer testigo de ese impacto. Partimos de una afirmación esencial de Luc Ferry, ilustre pedagogo francés: "La educación no solamente está obligada a brindar el conocimiento. Es además transmisión de un patrimonio, de una herencia, de un conjunto de saberes ya constituidos que el alumno debe recibir, aprender y respetar, antes que crear ex nihilo". Por cierto, el Estado debe estar alerta para renovar sus sistemas de Educación, de acuerdo con el progreso. Pero renovarse no supone desconocer la tradición.
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