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Carlos Reyna Eyzaguirre.
Un sismo que afecta directamente a unas diez provincias del país, golpeando en alguna medida a cerca de un millón de personas, deja un conjunto de imágenes, como si fuera una gran tomografía social del Perú de esta época.
El terremoto es un fenómeno natural. Pero la enorme vulnerabilidad de nuestras poblaciones es una deficiencia completamente social. Que la gente siga viviendo masivamente en casas de riesgo sísmico solo se explica por una combinación de tradiciones culturales, pobreza masiva y limitaciones institucionales.
Pero el elemento determinante es la pobreza. En el departamento que parecía el más beneficiado por la prosperidad, hemos visto a demasiada gente pobre. En Ica, como en el resto del Perú, la supuesta prosperidad está básicamente concentrada en una delgada capa social. A más desigualdad, mayor vulnerabilidad de un mayor número de peruanos.
La desigualdad de tiempos normales no deja de existir en el momento de la emergencia. Al contrario, reaparece en el tipo de respuesta que da la autoridad. La ayuda llega preferentemente a los centros urbanos porque tienen más importancia para la fría escala de prioridades de políticos y de medios. La periferia de las ciudades y los pequeños poblados rurales quedan postergados. Para el caso de Ica, el presidente García ha justificado este proceder de manera reiterada.
Los mismos vicios de la política cotidiana aparecen también en la política seguida frente a la emergencia. La improvisación, el desorden, y la ausencia de conducción real, que caracterizan al Estado, pero también al gobierno desde su inicio, están allí otra vez. Ahora con mayor crudeza, dadas las circunstancias.
El propio Presidente encontró, en el terremoto, una oportunidad para encarnar una edición extraordinaria del García de siempre. Lució más que nunca su habitual adicción a los medios, esta vez para vender la imagen de un "presidente al mando en el lugar de los hechos". Peroró sobre sismología, socialdemocracia y tonelajes. Y cuando los periodistas sugerían que su mando estaba desnudo de realidad, multiplicó sus ya conocidos retos a la prensa, a la cooperación extranjera, a la sociedad civil y hasta a la gente común y damnificada.
Pero la magnitud de la tragedia sacó a flote la solidaridad de la que todavía puede ser capaz nuestro país. En la primera línea, los médicos, enfermeras, bomberos, rescatistas, periodistas, policías y trabajadores de Defensa Civil. Desde los primeros instantes, aun con riesgo de sus propias vidas. Luego, multitud de donantes y voluntarios. Este rasgo no aparece así nomás en la vida de todos los días. No debería hacer falta un terremoto de grado ocho para que ello ocurra más seguido. Hay más de 13 millones de peruanos en situación altamente vulnerable. |