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por Rocío Silva Santisteban
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Giorgina Gamboa y su hija Rebeca en la plaza de Ayacucho. Giorgina fue una de las mujeres que dieron su testimonio en las audiencias de la CVR. En 1981 siete ‘sinchis’ la secuestraron y luego de violarla la acusaron de terrorista. (Foto: Nelly Plaza)
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Desde 1980 y durante el transcurso de la guerra interna en el Perú, las mujeres fueron violadas y violentadas por el personal policial y militar cuando, muchas veces sin motivo alguno, fueron acusadas de terroristas. De la misma manera los miembros de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru secuestraron a muchas mujeres jóvenes bajo el pretexto de la militancia guerrillera pero con la finalidad última de convertirlas en esclavas domésticas y sexuales. Por ambos lados las mujeres fueron sometidas, humilladas, doblegadas, oprimidas y avasalladas. ¿Por qué? Porque el cuerpo de la mujer, desde los primeros enfrentamientos humanos, ha sido motivo de caza, de pelea, de discusión, pero, sobre todo, botín de guerra y ensañamiento con el enemigo. El poder ha sabido, a lo largo de la historia del tiempo, depositar sus garras en las pieles, los músculos y los huesos de las mujeres, e incluso más allá, sobre su propia descendencia.
Las mujeres son las que han sufrido las consecuencias de la cultura del tutelaje, del machismo de todos los sectores levantados en armas, y lo que éstos conciben como castigo que "deben infligir" al enemigo: los cuerpos de las mujeres han sido depositarios del odio. Si bien es cierto que los hombres también pueden ser humillados y violados, son las mujeres quienes específicamente pueden ser sometidas a través de este crimen. Es común que al momento de la violación el victimario recrimine a la mujer, considere que está doblegando su voluntad con esa penetración forzada y, al mismo tiempo, contemple entre sus fantasías perversas la posibilidad de "hacerle un hijo" como una huella imperecedera de ese momento de victoria/humillación. En este acto con pretensiones de mantener una violencia continua y eterna más allá del hecho concreto, el cuerpo de la mujer se desconecta de su función vital para, paradójicamente, conectarse con su mandato social: procrear.
Junto con este rol asignado de "botín de guerra", las mujeres fueron en el caso peruano agentes activos de la búsqueda de soluciones definitivas contra la violencia. No sólo las mujeres que caminaban de comisaría en comisaría, de cuartel en cuartel, en pos de sus familiares desaparecidos, sino también aquellas que jugándose la vida y la integridad física lucharon por "mantener una voz fuerte" durante los momentos más ambiguos del conflicto –el cadáver destrozado de María Elena Moyano nos lo recordará siempre– y también aquellas que muchos años después continuaron guardando la memoria de los hechos y convirtieron su silencio anterior en una voz sólida que ha ido conformando nuevas narrativas sobre la nación a través del proceso de entrega de testimonios a la CVR.
El jueves pasado se presentó el libro Para no olvidarlas. Mujeres y reparaciones en el Perú de Julie Guillerot, editado por un colectivo formado por Aprodeh, Demus y Consejería en Proyectos, un aporte muy valioso por su increíble capacidad de resumen y acercamiento a este espinoso tema que debe seguir interpelándonos y, sobre todo, por las agudas críticas que plantea al Plan Integral de Reparaciones (PIR). Es imposible adelantar lo más valioso del texto en pocas palabras, no obstante, señalaremos por ejemplo que entre sus críticas al PIR resalta la no implementación del concepto violencia sexual ni las consecuencias de ésta (embarazos forzados, abortos forzados, enfermedades sexuales) circunscribiendo las reparaciones a las violaciones sexuales. A su vez esta circunscripción impide que las víctimas de SL y el MRTA, cuyos vejámenes están centrados en abortos forzados, contracepción forzada, servidumbre sexual, entre otros, no sean incluidas dentro del PIR sino solamente las víctimas de violaciones que en su mayoría, según la información recogida por el propio informe, fueron perpetradas por personal de las fuerzas armadas y policiales.
La pregunta es: ¿cuáles son las formas de reparación que las víctimas de violaciones, pero a su vez las mujeres como grupo especialmente vulnerable en períodos de guerra, deben recibir?, ¿se ha pensado desde la política de las reparaciones en actos simbólicos que reorganicen en las comunidades afectadas? Muchas mujeres no sólo tuvieron hijos de estas violaciones, sino que fueron y son continuamente humilladas por este hecho, ¿hay alguna forma de que el Perú pueda restituirlas? Ellas, desde sus testimonios, han gritado que forman parte de esta nación, y es momento de que reparaciones pecuniarias pero también simbólicas tomen en cuenta su identidad, su fuerza y su legado. |