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Alberto Adrianzén.
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En la década de los 60 muchas canciones hablaban de la playa. Una de ellas que tuvo fortuna comenzaba así: "Vamos a la playa, ah, ah, ah, ah...". Y eso fue lo que pasó. La gente salió de la ciudad para ir a la playa. Eran nuevos vientos democráticos y modernos.
Aquí en Lima, sucedió lo mismo. La ciudad, que vivía de espaldas al mar, cambió su mirada. Esa nueva mirada playera (y plebeya) se consolidó en los años 70 con la construcción de la "Costa Verde" y la apertura de nuevas playas al sur de la capital.
Mirar el mar cambió muchas cosas. Las muchachas y muchachos comenzaron a vestirse de manera distinta en verano; y el sol, como dice una canción de esa época, calentaba más "aquí, en la playa". Es cierto que la decisión de Velasco de "desprivatizar" las playas, ayudó mucho. La gente perdió el miedo y comenzó a pisar la arena, otras playas y balnearios, algunos exclusivos. Otros se pasaron de Agua Dulce y Pescadores a La Herradura, bastión, en ese tiempo de las viejas clases medias limeñas. Los del Cono Norte comenzaron a veranear en Ancón que en poco tiempo cayó, como se dice, en manos de estos nuevos plebeyos limeños.
No sé cuándo este espacio democrático, cambió. Cuándo comenzó el proceso de reprivatización de las playas; en qué momento y por qué a un grupo de limeños se les ocurrió que podían tener una playa y arena propias, y con "guachimanes armados". Es cierto que lo sucedido en Ancón fue un trauma, respondido, algunas veces, con la violencia, como sucedió con el famoso caso del "Uchuraccay anconero". A ello hay que sumarle los años de la violencia política, el aumento de la delincuencia y los temores sociales. Sin embargo, estas élites decidieron no discutir ese "trauma" ni esos "problemas"; optaron, más bien, por el encierro, la mudez y por recrear un "mundo feliz" perdido. De ahora en adelante había que "fundar" nuevas playas y nuevos mundos, dejando de lado los balnearios tradicionales como San Bartolo, Punta Hermosa o Punta Negra.
Así nacieron las playas de Asia: mudas, sordas y ciegas, en fin, autistas. Asia no es un balneario, es una suma de playas, todas ellas privatizadas. Algo así como una nueva "zona liberada", un regreso al medioevo y una "guetización" del espacio urbano. Alfonso X el Sabio, definía las ciudades como "todo aquel lugar que es cerrado de los muros con los arrabales et los edificios que se tiene con ellos". Se trata, dice Fernando Chueca, de la ciudad medieval, que no se concibe sin unos muros que la defiendan de la amenaza externa.
Y eso sucede hoy en Asia, pero también en muchas otras partes del mundo. Un informe de la revista argentina Ñ señala que en las nuevas megalópolis los ricos y los pobres están separados por muros sociales y de cemento. Unos se refugian en barrios hipercontrolados, otros viven en barriadas y la clase media sobrevive en busca de su territorio. En Dubai, en el mar del golfo Pérsico, se está construyendo un archipiélago de 300 islas artificiales, rodeado de una sofisticada barrera protectora donde se construyen residencias, centros comerciales y hoteles. Cada isla representa un país, todas componen un mundo ideal fortificado para que lo exterior no entre. Es una ciudadela medieval sobre el mar, anota esta misma revista.
Ortega y Gasset decía que la urbe "es ante todo: plazuela, ágora, lugar para la conversación, la disputa, la elocuencia, la política". Y eso cada vez existe menos en Lima. Asia es el símbolo de una nueva Lima de muros sociales y de cemento, de guachimanes armados y de un orden que se pretende inconmovible. Por eso, la protesta pacífica de este domingo en las playas de Asia no es solo por el drama de las trabajadoras del hogar, convertidas en una suerte de pongos y foráneas en ese espacio, sino también por la tragedia y amenaza que significa construir una civilización (y un país) sin ciudades y sin ciudadanos.
Lo de este domingo, por ello, además de una protesta, es un acto civilizatorio. Un nuevo intento por convivir democráticamente en nuestro país. Más aún cuando la matonería está de moda y la grita fascista y racista está en pleno apogeo. Basta para ello asomarse a diarios como Expreso y La Razón que hacen del insulto, la mentira y la soplonería las herramientas del peor amarillismo macartista.
Bajo el sol, todos somos iguales. Por eso, este domingo, vamos a la playa; a lo mejor hasta nos invitan algo de caviar los vecinos de Asia.
(*) www.albertoadrianzen.org |